Lagrimas por do quier.
Hoy fue un martes, con sabor a lunes.
Había un tono turbio en el aire,
sabor a melancolía decembrina.
De esa que da año con año.
Melancolía de ser niños,
de tener a los que ya se fueron
de olvidarnos de lo que hay que recordar,
y de los, que también, hay que recordar.
Sueños turbios de un ciclo que se va entre
mares de lágrimasde tristeza y ríos de melancolía,
de lo que un día hubo y de lo bello que fue;
Lágrimas de miedo, de ese acongojado miedo,
que no se puede expresar con palabras.
Así pasó el día, y sin sentirlo llegó la noche,
Pero ya me siento mejor después de haber salido a pasear,
a pasear con, y como, los perros.
Esa enorme plaza de armas,
con su majestuosa catedral,
con el águila, y con la luna,
y con todas esas bellas luces.
Luces brillantes, y jadeantes,
irradiando soplos de calor interno,
que nacen en el corazón
gracias al entorno de armonía y felicidad,
En medio de todo ese iluminado paisaje,
casi como inmersos en una nube de tristeza,
los arboles comenzaron a llorar.
Lágrimas en caída lenta,
murmullo sigiloso de un tronco obtuso
que entre líneas nos invitaba a recordar,
y con ello a volver a llorar.
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