El viejo de los caminos.
Cada camino lleva a un destino diferente.
Todo sucedió aquella noche en que
volvíamos de Guatemala. Cuando comenzaba a ocultarse el sol, estábamos cruzando
la frontera, veníamos algo cansados
después de haber ocupado por última vez esos peculiares buses de escuela
pintados al estilo “Guatemala”, ese genuino medio de transporte que funciona,
pero que lo hace en una línea muy paralela al caos. Luego de un par de trasbordos llegamos a La Mesilla,
frontera con México, cruzamos migración sin ninguna novedad y tomamos un taxi a
Ciudad Cuauhtémoc en Chiapas. La idea era, una vez llegando, tomar un autobús hasta
San Cristóbal de las Casas para luego viajar a Tuxtla Gutiérrez, pero por
cuestión de precios y horarios terminamos tomando una combi mucho más barata
que iba hasta Comitán, un pueblo intermedio, desde donde podríamos seguir
intentando conectar otro transporte con el objetivo de llegar a dormir a Tuxtla.
Como yo ya conocía con anterioridad Comitán, le dije a Johana que era una buena
opción seguir avanzando y que estaba seguro que ahí encontraríamos más
opciones para viajar; también en una forma de quedar bien con ella, le hablé un
poco sobre el misticismo que yo sentí la vez que caminé sobre la plaza del
pueblo, en medio de una manifestación encabezada por gente indígena.
Una vez convencidos de que era lo
mejor, caminamos hasta la terminal de las combis (o colectivos) donde nos indicaron
cual era la que debíamos tomar. Nos acercamos a preguntar. El ayudante del
chofer nos dijo que eran setenta y cinco pesos de cada uno y que salíamos en
cinco minutos pues con nosotros dos se completaban los asientos. Recuerdo que al subir tomamos los asientos de
atrás, y de inmediato se acercó el chofer, un tipo alto y moreno, quien saludó y prendió el motor, unos veinte minutos antes
de las ocho estábamos saliendo. Yo venía
algo cansado por lo que de inmediato comencé a buscar la forma de acomodarme
para dormir una siesta, batallé para encontrar alguna posición cómoda, bajaba
el asiento, lo subía, me acomodaba de un lado, del otro, me recostaba, me quitaba el abrigo, lo usaba
de almohada, en eso estaba cuando de
pronto Johana me señaló que mirara por la ventana, giré de inmediato y al voltear me encontré
con una enorme llamarada en medio del campo, no estaba tan cerca del camino
pero a lo lejos se veía el contraste de la noche con el fuego, creando un
panorama que, de primera impresión, me pareció hermoso pero conforme fuimos
avanzando, noté que el fuego seguía y seguía,
estaba consumiendo un sembradío enorme. Avanzamos un buen tramo y el
fuego parecía no tener fin. Luego de
unos instantes comencé a sacar conclusiones sobre lo que estaba viendo, pensé que podría ser
que simplemente estén preparando el terreno para cultivarlo de nueva cuenta, o
tal vez sea un incendio ocasionado accidentalmente, o incluso un ritual
indígena; pero la cantidad de fuego era tal, que no terminaba de convencerme con
ninguna explicación. Cuando comenzaba a dejar de atormentarme buscando una
solución y volvía a sentir que los ojos me pesaban como para quedarme dormido,
de pronto el fuego terminó poco antes de entrar a un pequeño pueblo, uno de eso
típicos pueblos que hay sobre el camino, con restaurantes sobre la ruta, lleno
de camiones y tráileres estacionados. En ese lugar el chofer tuvo que reducir
la velocidad, pues había que pasar una serie de topes, por los brincos que dimos
con cada tope yo no terminé de conectarme con el mundo de los sueños. En uno de
ellos de pronto el chofer frenó por completo y escuché que alguien de afuera le
comenzó a decir algo. Al principio yo no
le di ninguna importancia, hasta que vi que el chofer comenzaba a exaltarse, en
ese momento me asomé para ver con quién estaba hablando, podía ser un policía,
un indígena, un vendedor, cualquier cosa, pero lo único que pude ver fue a una
persona bajita, con sombrero de paja. Por su simple silueta me hizo pensar que
era un viejito; yo no entendía cómo un anciano le estaba causando tanto enojo
al chofer. Cuando intenté prestar atención a lo que hablaban me di cuenta que
lo hacían en totzil (un dialecto propio de la zona), por lo que no entendí nada, pero la pelea verbal era tal que daba la idea de
que ambos estuvieran borrachos, hasta que después de varios gritos el chofer
comenzó a golpear el volante, mientras el viejito continuaba gritando. Cuando
todos comenzábamos a incomodarnos, de pronto el chofer subió su ventanilla y
arrancó a toda velocidad, brincó los últimos topes haciéndonos saltar a todos
los pasajeros.
Arriba del colectivo todos
comenzamos a gritar, pero al chofer parecía no importarle nada, iba a todo lo que
daba el velocímetro. Su ayudante, algo asustado, intentó calmarlo:
– José que le pasa! Bájeleeee! José, por favor
bájele, José, José…!
Adentro de la combi todos íbamos
asustados, unos gritaban, la señora rezaba, Johana comenzó a llorar, y yo
volteaba para todos lados, sin saber qué hacer, las maletas comenzaron a caerse
sobre nosotros; por más que gritáramos que se detuviera, el chofer parecía
estar poseído, pues no escuchaba y su pie estaba dispuesto a matarnos a todos
por la forma en que pisaba la palanca; tomamos unas pendientes e incluso alguna
que otra curva no muy pronunciada, pero a la velocidad que íbamos corríamos el
riesgo de salirnos del camino. Yo estaba comenzando a contemplar que eran mis
últimos instantes de vida, sentía mi ritmo cardíaco demasiado acelerado. En eso
estaba cuando súbitamente el conductor se frenó a medio camino, apagó las luces
del vehículo y dijo:
-¡Bájense todos ahora, la combi está
dañada! Y reiteró en un tono endemoniado: - ¡Bájense!
José, el conductor, salió, rodeó la combi y abrió la puerta
para que saliéramos, algunos pasajeros bajaron de inmediato pero, otros nos resistíamos
a quedarnos allí en medio de la nada sin ninguna explicación. Yo me percaté del
cambio que había tenido en su semblante el chofer, de ser un tipo común y
corriente que hacía algunos minutos nos había atendido con una sonrisa al
subirse al vehículo, ahora era un demonio y no solamente eso, sino que además
era un demonio enojado. Yo alcancé a ver cuándo abrió el cofre para buscar
algún tipo de herramienta, su cara seguía teniendo ese semblante de locura.
Yo estaba asustado. Johana sentenció
que lo mejor era bajarnos. Yo le tomé la palabra.
Levantamos nuestras maletas y
comenzamos a caminar; todavía algunas personas no se querían bajar, hasta que
el chofer tomó lo último del equipaje para aventarlo lo más lejos posible, y
luego terminó de correrlos a empujones, el último en irse fue su ayudante.
Todos nos separamos un poco de la combi pero seguíamos esperando que alguien
nos explicara algo, hasta que vimos como el chofer abrió el depósito de la
gasolina y sin pensarlo, arrojo un
cerillo encendido, en unos instantes la
combi comenzó a prenderse, en medio del caos y sin saber que hacer, grité a
todo pulmón al mismo tiempo que comencé a correr:
- Va a explotar! Va a explotar!
Sin pensarlo dos veces salimos
corriendo sin dirección alguna, solamente con el objetivo claro de dejar atrás
la combi. Yo al arrancar tomé de la mano a Johana -por instinto más que para
quedar bien- y salimos a toda velocidad, en algún punto cruzamos la carretera aprovechando
que no pasaban autos, seguimos avanzando hasta el punto en que sentimos que ya
estábamos lejos del peligro. Allí nos frenamos, Johana y yo volvimos a cruzar
miradas después de mucho tiempo, fue sólo un instante, pues de inmediato nos
intrigó ver qué había pasado con la combi y más que nada, con el chofer. Para
cuando volteamos notamos que la combi estaba completamente en fuego y que a un
lado se distinguía todavía la silueta del chofer. Cuando estaba por volver a
cruzar miradas con ella, se escuchó un estallido monumental, nos agachamos y el
olor a quemado se hizo sentir de inmediato. Desde donde estábamos parecíamos
estar a salvo pero no podíamos -ni queríamos- quedarnos allí, por lo que
comenzamos a caminar hasta el pueblo, sabíamos que no era muy lejos, aunque
como ya era noche podría resultar peligroso. En un punto yo giré mi cabeza
rápidamente para observar el estado de la combi, lo que vi fue una llamarada
inmensa, muy semejante a lo que había visto hacía sólo unos minutos en medio de
la maleza. Luego de unos minutos llegamos al pueblo, poco a poco nos fuimos
encontrando con el resto de los pasajeros, era fácil identificarnos pues la
cara de miedo y de incredulidad reinaba en todos nosotros. Como era de
esperarse, el último en llegar fue el ayudante del chofer, el pobre llegó con
un semblante completamente pálido, apenas podía articular palabras, le temblaba
la voz. Después de unos instantes logró calmarse, hasta que por fin pudo decir
unas palabras:
- Fue un pacto con el Chamuco. Venía
por todos nosotros pero José nos salvó.
Todos con cara de incertidumbre.
No entendíamos cómo alguien que de pronto tuvo una actitud tan endemoniada, había sido nuestro salvador.
El chico agregó:
- José no nos quiso entregar al
demonio, al final el Chamuco sólo pudo llevárselo a él.
En ese momento comenzamos a
entender lo que decía el muchacho. Todavía con los nervios y la adrenalina de
punta, uno de los pasajeros sugirió ir a denunciar a la policía, a lo que el chico respondió:
- Aquí los dioses y los demonios
son la policía, no hay más. Miren, yo aquí traigo el dinero que pagaron, se los
devuelvo y se van en la próxima combi que pase. No se les vaya a ocurrir
intentar ir a la policía, porque ellos se dan cuenta de todo, y de preferencia
nunca vuelvan a pasar por este camino, pues hoy más que nunca, me queda claro
que son territorios malditos. Aquí gobierna el lado obscuro, y cuando algo anda
mal ya vimos lo que pasa.
Johana y yo al escuchar eso
comenzamos a caminar, fuimos a comprar un bote de agua, pues teníamos la boca
seca, y sin querer nos separamos del resto de los pasajeros. Para cuando fuimos a la terminal de los colectivos ya no vimos
a ninguno, suponemos que por lo asustados se fueron de inmediato. Nosotros
tomamos una combi de nueva cuenta a Comitán. El trayecto fue raro, yo ya no
podía dormir, sólo volteaba por la ventana y veía las enormes llamaradas que
había en el camino, mientras rezaba que
no volviera a aparecerse el viejito del camino. Después de una hora y media que
transcurrió en completa calma, llegamos a Comitán.
De la terminal caminamos hasta la
plaza principal, pues el hostal donde yo me había quedado un par de años antes
estaba a tan sólo unas calles de la catedral. Pedimos un cuarto por una noche, yo me metí a bañar mientras que Johana
aprovechó para hablar a su casa. Cuando salí a colgar mi toalla en la azotea
divisé a lo lejos una densa capa de humo que casi imperceptiblemente se
combinaba con unas nubes rosas cargadas de agua. De primera instancia me
pareció que era simplemente el humo producido por el calor de la leña que salía
de las humildes casas ubicadas en el bosque, pero cuando le hice ver a Johana
ella insistió en que era el humo del fuego que habíamos visto a lo largo del
camino. En ese momento decidimos olvidarnos un poco de eso e ir a comer algo
antes de regresar a descansar al hotel.
A tan sólo unas cuadras
encontramos unos tacos y luego yo me atrasé un poco, pues quería fumar un
cigarro para terminar de tranquilizarme. Me fui a una banca a las orillas de la
plaza y lo encendí, no llevaba ni medio cigarro en que se me acercó un hombre,
de esos que vagan por las noches sin un rumbo, a pedirme uno, se lo di y eso
bastó para que se sentara junto a mí a platicar. Me preguntó de dónde era y
luego comenzó a hablarme sobre los indígenas, me dijo que eran muy salvajes y
que por eso él no se metía con ellos. En un momento se detuvo y me miró fijo a
los ojos, me preguntó si mi plan era quedarme en Comitán, yo le respondí que
sólo pasaría la noche y que en la mañana salía rumbo a Tuxtla. Aún con su
mirada puesta en mí y con una voz aliviadora me susurró:
- Aquí veneran al demonio, por
eso son tan salvajes. Yo le recomiendo que en cuanto termine su cigarro se
largué de aquí.
Agradecí su consejo, pero yo ya
estaba cansado de sentir que la vida se me quería ir, por lo que me despedí de
él con un apretón de manos y volví al hostal. Le conté a Johana la conversación
con el señor, ella me dijo que quería terminar esa pesadilla por lo que, al
siguiente día, al llegar a Tuxtla se tomaría un avión directo a la Ciudad de
México para de ahí, volver a su país.
Esa noche dormí como una piedra.
Al siguiente día, a las ocho de la mañana tomamos un colectivo hasta Tuxtla, me despedí de Johana, ella tomó un taxi rumbo al aeropuerto y yo me fui a
una cabina telefónica para comunicarme con una amiga que vivía allí. Johana no ha vuelto a pisar México desde
entonces, y yo, aunque sigo viajando regularmente, nunca más he vuelto a pasar
por ese camino, no vaya a ser que mi presencia vaya a incomodar a los demonios.
Diciembre 2017.