viernes, 26 de noviembre de 2021

EL SEÑOR DE LA CANTINA

 

EL SEÑOR DE LA CANTINA

 

Una maceta fue lo último que Daniel sacó de la casa, llevaba varios días de mudanza y había dejado para el último viaje, las cosas más pequeñas. Con mucho cuidado bajo por la escalera y como pudo se las ingenió para abrir la puerta sin bajar la maceta. La noche era fría y en cuanto abrió la puerta sintió ese viento gélido pegándole en la cara y en las manos que era lo único que tenía al descubierto. En cuanto estaba por cerrar la puerta vio que del “Puerto de Mazatlan”, que era la cantina que estaba justo enfrente de la casa, venía saliendo un señor de edad avanzada cruzando la calle, su caminar de pasos cortos y atolondrados daban el aspecto de que llevaba varias horas tomando.  A Daniel dicha imagen le trajo un gran cúmulo de recuerdos pues durante todo el tiempo que vivió en esa casa, “El Puerto” había sido como su segundo hogar. La cantidad de fiestas desenfrenadas, juntas de negocios, citas, brindis, entre otros eventos cruzaban la mente de Daniel mientras el señor cruzaba lentamente la calle, afortunadamente ya era tarde y no pasaban autos, así que Daniel solamente lo observaba.

Cuando Daniel volvió a hacer el esfuerzo para cerrar la puerta sin bajar la maceta, de pronto el señor le llamó con una voz suave y palabras cortadas:

-Oye, tu. Si tu

A Daniel normalmente no le gustaba hablar con borrachos cuando él no estaba en ese mismo estado, pero luego de los recuerdos que habían cruzado su cabeza, sintió que por todas las veces que él había hecho ese trayecto caminando de esa manera, lo menos que podía hacer era ayudar al señor.

-Ven para acá, tu eres el joven que vive aquí verdad.

Daniel con la maceta en las manos, le dijo que sí, pero que ya estaba por dejar la casa.

-Y tú sabes lo que paso aquí adentro verdad.

Daniel no entendía lo que la voz entrecortada del señor le trataba de decir, por lo que le pregunto que si se sentía bien.

-No te hagas güey, tu viviste aquí mucho tiempo. Tu sabes lo que paso aquí. ¿Qué te dijo la señora?

Daniel había vivido con un par de personas distintas, pero nunca con una señora por lo que no entendía muy bien lo que el señor le quería decir, y por el contrario comenzó a desesperarse con la presencia del señor y con el hecho de que no le dejaba cerrar la puerta y dar por terminada su mudanza.

-Mire señor ya me tengo que ir y yo no sé nada de ninguna señora.- Respondió Daniel.

El señor quien tenía la mirada baja hasta ese entonces, levanto la mirada de forma amenazadora barriendo a Daniel de abajo para arriba, cuando se encontró con su mirada le dijo con voz fuerte y clara, como si su borrachera simplemente se disipará.

-Yo sé que tu viviste en mi casa por más de dos años, me lo dijo el joven de la barra.  Así que no te hagas pendejo. Y estoy seguro que tu hablabas con mi esposa, su alma sigue penando en esa casa, y de seguro ella me sigue culpando de su muerte. Dime qué tanto te dijo Jovita.

Daniel asustado al ver la reacción del señor y escuchar sus palabras, se aterrorizo más al escuchar que la puerta de arriba se abrió de par en par golpeándose con la pared.

-Allí estas Jovita- gritó el viejo. Ven para que le digas a este joven como fueron las cosas en realidad, yo no te maté, tú te querías morir y si te colgaste en los ganchos de la azotea fue culpa tuya y no mía. -

Daniel comenzó a desesperarse al pensar que el señor estaba loco y que tanto alcohol que se había metido, habían terminado por volverlo aún más, por lo que le dijo:

-Mire señor, yo no sé nada de lo que me está hablando y la verdad que ya me tengo que ir, por lo que le voy a pedir de favor que se mueva y me deje cerrar las puertas, que ya me tengo que ir.-

Daniel puso la maceta en el suelo y se abalanzo a las escaleras moviendo al señor con un ligero jaloncito de hombros. Subió rápidamente para cerrar la puerta de arriba. Cuando venía regresando se dio cuenta que el señor intentaba subir las escaleras, pero su estado de ebriedad no le permitió subir más de cuatro escalones hasta que cayó al suelo. Al momento de caer se escuchó un tremendo golpe que hizo que Daniel se espantara pensando que se había pegado en la cabeza. Corrió a levantarlo y se sorprendió al ver que el señor seguía hablando desde el piso.

-No te hagas chamaco, yo estoy seguro que tu escuchabas los ruidos en la casa-

En ese momento Daniel recordó la cantidad de veces que los ruidos de la casa le sacaron un susto a él, o a las demás personas que la habitaron, las veces que se auto tranquilizaba diciendo que eran las corrientes de aire que entraban por la gran cantidad de ventanas; mientras tomaba la mano fría del señor para ayudarlo a levantarse, sintió un tremendo escalofrío bajando por su espina dorsal.

-Pinche vieja, ¿algún día nos vas a dejar en paz?-  Gritó el señor todavía desparramado sobre las escaleras.

Daniel luego de ayudarlo a ponerse en pie, lo saco a empujones de la casa y por fin pudo cerrar la puerta que da a la calle. Con la escena del señor tambaleándose frente a la casa y una maceta tirada en la banqueta, decidió que lo mejor era meter la maldita maceta al auto, que estaba a la vuelta de la esquina y luego regresaría para hablarle a un taxi, o a la policía en caso de ser necesario, para que se llevaran al señor.

Cuando Daniel venía regresando de llevar la maceta, con la cara sudorosa, a pesar del frío, y con las manos más heladas que antes, se dio cuenta que el señor ya se había ido. Al principio pensó en ir a buscarlo, pero el miedo que lo invadía, así como las ganas de descansar al final lo convencieron de que lo mejor era dejar que el viejo se las arreglará solo. Ya estaba por volver al coche, pero una curiosidad sobrenatural le hizo ir a preguntar al Puerto para ver que sabían sobre ese señor, pues pensó que tal vez era uno de esos borrachos que solían visitar habitualmente la cantina, pero las palabras de Fabián Antonio, el dueño de la cantina, lo dejaron con menos aliento que con el que había entrado a la cantina.

-Ora, pues de cuál te metiste mi Dany, aquí no ha venido ningún señor hoy, solo hemos tenido estas dos mesas. Por cierto, ya acabaste de mover tus cosas, se me hace que estas alucinando de tantas cosas que tenías, o a lo mejor te hace falta un trago.

Y volteando hacia la barra dijo:  

- Sírvanle una chela al compa.

Daniel rechazó la cerveza, con la cabeza llena de dudas y de inseguridades se fue a dormir a su nueva casa. Dicha casa estaba aún vacía pues los de la mudanza llegarían con todos los muebles hasta el día siguiente; esa noche los ruidos y crujidos de la nueva casa eran tan constantes que impidieron que Daniel conciliara el sueño en toda la noche.

 

 

Somnoliento Rodríguez. 

Enero 2021. (en memoria de la casa de José Ma y larga vida al Puerto de Mazatlán.)

 

 

LA LLAVE DE CRISTAL.

 

LA LLAVE DE CRISTAL.

-Bueno chicos, pues si los voy a recibir y se pueden quedar toda la semana, solo me tiene que ayudar un poco con las labores de reparación dentro del hotel, y una segunda cosa, su cuarto tiene esta llave, se las voy a encargar mucho, porque resulta que estas llaves son muy antiguas, y aquí ya no se consiguen, para reponerlas se tendrían que mandar hacer el duplicado del otro lado de la frontera, y eso además de dinero, implica mucho tiempo y estamos a tan solo quince días de arrancar la temporada alta aquí en la isla-.

Eso nos dijo Paul la primera noche que pasamos en una de las lujosas habitaciones de su pequeño hotel. Yo andaba acompañado de Joana, una amiga y de su novio Rodrigo. Para nosotros fue una excelente noticia el tener una habitación por la que no íbamos a tener que pagar, y que además de todo era una habitación amplia y bien distribuida, con cocina, baño propio y aire acondicionado. Mi amiga y su novio tomaron la habitación principal y me dejaron la de las camas individuales. Así pasaron unos días, donde la verdad la pasamos muy bien, por momentos nos poníamos a trabajar, yo lo hacía con la computadora, y otros momentos nos dedicábamos a ayudarle a Paul con algunas cuestiones de mantenimiento del hotel, pintamos algunas puertas, barnizamos unos muebles, arreglamos el jardín, y cosas así, pero casi siempre nos dábamos una parte del día para irnos a disfrutar de la playa.

Uno de esos días mientras disfrutábamos la playa, sentados en una sombra, de pronto se acercaron tres extranjeras y nos dijeron que si se podían sentar con nosotros para aprovechar la sombra. Al principio nos incomodó un poco que vinieran justamente a ponerse junto a nosotros, pero luego de unos minutos y del ofrecimiento de cigarros y cervezas, todos quedamos contentos. De inmediato sentí simpatía por una de ellas, Cristine, ella se reía de mis malos chistes y yo de los que ella contaba; sin querer después de unos minutos terminamos sentándonos juntos. Fue una tarde bastante amigable que duro poco pero afortunadamente alcanzamos a intercambiar contactos, los cuales fueron el teléfono de su hotel y nuestros correos electrónicos. Ellas se quedaban dos días más y a nosotros nos quedaban todavía cuatro días, pero por un momento supuse que ya no las volveríamos a ver, pero al menos sabía que me quedaba con el e-mail de Cristine para en un futuro ir a visitarla o invitarla a mi país.

Al día siguiente nos levantamos temprano para irnos a nadar al mar, por la tarde nos pusimos a barnizar unas sillas. Para mi pintar y barnizar era una actividad que me relajaba mucho y me hacía olvidarme de los problemas del dinero y de las ocupaciones laborales, pero una vez que terminé de barnizar las seis sillas de una de las habitaciones, recordé que tenía que revisar mi correo para ver si no me había escrito mi jefe. Para mi sorpresa la bandeja de entrada, me dijo que tenía cinco correos nuevos, tres de ellos parecían ser publicitarios, otro de mi jefe y por sorprendente que parezca, el otro era de Cristine. De inmediato y sin pensarlo abrí el de ella quien me saludaba y remarcaba que le había dado mucho gusto conocerme, decía que como era su última noche iban a salir a un barecito que quedaba cerca de su hotel que se llamaba la Taberna, y que nos hacían extensiva la invitación para que nosotros tres las acompañáramos.  Mi emoción fue tanta, que me olvide por unos minutos de leer el correo que había enviado mi jefe quien me regañaba por el atraso en los reportes y por los errores que hasta el momento había detectado en mi trabajo, pero a mí la verdad que no me intereso, -maldito viejillo, el fin de semana le acabaré sus reportes para que deje de estar molestando-. De inmediato fui a avisarles a Joana y a Rodrigo, pero ellos no se interesaron de la misma manera que yo, casi no les quedaba dinero, pero dijeron que tal vez irían solo por el hecho de saludar a las chicas. Yo baje emocionado a preguntarle a Paul, donde quedaba el bar que ellas me habían mencionado en el correo, Paul me explico que quedaba justamente del otro lado de la isla, que para ir en bicicleta eran como cuarenta minutos, pero que caminando era más de una hora. Me pareció algo lejano, pero mi entusiasmo por ver a Cristine era tanto que de inmediato supe que una hora caminando no era nada con tal de volver a ver su sonrisa. Así que subí al cuarto a decirles la mala noticia con respecto a la distancia del bar, y al ver su expresión, de inmediato supe que ellos no iban a ir, por lo que tendría que irme yo solo. Mire mi reloj, quedaba como una hora antes de que se metiera el sol, sabía que para no perderme era mejor salir rápido, me di un baño lo más rápido que pude, me arregle las barbas, y hasta me peine los rulos. Antes de salir hablé con los chicos, acordamos que como ellos ya no iban a salir, yo me llevaba las llaves. Al bajar, en la entrada, me encontré con Paul quien amablemente salió del hotel para indicarme la dirección que debía tomar, y después de eso, comencé a caminar. Me tocó la última parte del atardecer cuando los tonos rosa-morados del cielo, se convierten en azul-negro. Justo alcance a ver la última parte de la circunferencia del sol brillando en tonos rojo-naranja en lontananza. Caminé por la playa sintiendo la brisa del mar en mi cara, pero cuando ya estaba todo obscuro decidí seguir caminando por la calle. Cando el cansancio comenzaba a desesperarme llegué a una parte de la isla donde había movimiento de gente lo cual me hizo distraerme un poco, había algunas tiendas de recuerdos, la oficina de correos, una cafetería y al fondo de una pequeña plaza comercial, estaba el bar “La Taberna de la Isla”.  De inmediato entré para asomarme, no había mesas ocupadas, solo una pareja de señores de edad avanzada quienes románticamente se tomaban las manos mientras en su mesa descansaba una botella de vino tinto; pregunté a uno de los meseros si no habían llegado tres extranjeras y me dijo que no, pero me ofreció pasar, le dije que prefería esperarlas afuera, pero en realidad era porque no tenía mucho dinero como para estar consumiendo. Así que mientras llegaban me fui a la playa, a ver la luna y a escuchar las olas del mar, pero no paso mucho tiempo para que los mosquitos se apoderaran de la playa y me hicieran regresar. Me senté en una banquita, encendí un cigarro y me quedé mirando a la gente que caminaba por ahí, paso una media hora hasta que volví a asomarme al bar, pero todavía no llegaban, por un momento pensé que tal vez las chicas habían cambiado de opinión y yo había sido el único idiota que había asistido a la Taberna. Paso otra media hora y nada, hasta que a lo lejos escuché un murmullo como de mucha gente platicando, pero se escuchaban como voces de hombres, hasta que en medio de esas voces de pronto distinguí la risa de Cristine. De inmediato me puse feliz, pero lo que no me dio buena espina fue que vinieran acompañadas.  Me acerqué a saludarlos. –Luis si te animaste a venir, dónde están los otros chicos-  me preguntaron. Les explique que ellos estaban cansados y que ya no quisieron salir pero que mandaban saludos, nunca mencione que había tenido que caminar más de una hora para llegar hasta el bar. Luego de los saludos y de que me presentaran a los dos arrogantes tipos, de los cuales no me grabe ni sus nombres, entramos a la Taberna; una vez que entramos me encontré con que ya había más gente en el bar, pero justamente en ese momento los señores enamorados que había visto cuando llegue, pidieron su cuenta, a partir de ese momento, el lugar comenzó a llenarse de pura gente joven. Mis intenciones eran obviamente las de estar cerca de Cristine, pero uno de los tipos parecía tener las mismas intenciones que yo. Así que por momentos sentía como si estuviéramos compitiendo por quedar bien, en un momento me fastidié y mejor comencé a platicar con las otras chicas y con el otro chico. Tengo que admitir que por momentos me arrepentí de haber ido hasta allá, pero en una de las ocasiones en que el joven arrogante se paró al baño, Cristine de inmediato se cambió de silla y se puso junto a mí. –Ya me cansó este muchacho, es tan egocéntrico y arrogante. En cuanto dijo eso, mi cara volvió a sonreír. Cristine ya no se regresó a su silla, y se quedó junto a mí, allí estuvimos platicando y riendo, hasta que en un punto noté que el otro tipo ya mejor había comenzado a platicar con el otro tipo. Así pasaron varias horas y varias cervezas, yo no llevaba mucho dinero, pero sabía que tenía suficiente para pagar mi cuenta e incluso la de Cristine si fuera necesario, pero de cualquier manera comencé a tomar más lento.

Ya después de la media noche, se nos ocurrió preguntar la hora en que cerraba la taberna, a la una por lo que faltaban quince minutos, pedimos la cuenta y Cristine me dijo que si la acompañaba a fumar un cigarro mientras tanto.  Una vez afuera la atmosfera era deliciosa, ella ya un poco tomada me dijo que nunca había conocido a alguien como yo, que desde un principio sintió algo especial, y que era una lástima que ya fuera su última noche, yo le dije lo mismo. Luego de los halagos y del cigarro, volvimos adentro y ahí estaba la cuenta, ya todos habían pagado lo suyo y solo faltaba lo nuestro, yo me ofrecí a pagar lo de ambos indirectamente, pero afortunadamente ella no me dejo. Entre risas salimos del bar, ya estaban limpiando las mesas.  Cuando salimos todos, nos despedimos justo en el lugar donde habíamos salido a fumar hace solo unos minutos, las chicas se despidieron de los chicos, pero yo me quedé ahí a un lado de ellas, y de inmediato me ofrecí a acompañarlas a su hotel. Noté que Cristine de inmediato se puso feliz. En el camino nos quedamos atrás ella y yo, mientras charlábamos ella sugirió irnos a mi hotel a seguir platicando, pero yo sabía que era imposible llevarla caminando por más de una hora en la obscuridad, por lo que le dije que si Paul me veía con alguien más era capaz de echarme junto con mis amigos, así que sigilosamente le sugerí que mejor nos quedáramos un rato afuera de su hotel, ella y yo.   Cuando llegamos a su hotel me despedí de las otras chicas quienes ya iban algo tomadas y listas para irse a dormir. Nos quedamos en la puerta del hotel y de inmediato salió el guardia a preguntar quién era yo, Cristine le dijo que era un primo de ella que hacía mucho tiempo que no veía y que me iba a quedar unos minutos platicando con ella. El guardia dijo que por nada de este mundo podía pasar al hotel, que nos iba a estar vigilando y que si intentaba pasar iba a llamar a la policía, al principio me dio un poco de coraje, pero al final esa actitud fue el golpe de suerte que yo necesitaba.

 

A ella le molesto tanto la actitud del velador que de inmediato comenzó a planear la forma de meterme a su hotel, y no solo eso, también me dijo que si todo salía bien pasaríamos la noche juntos pues esa noche le tocaba dormir sola en el cuarto con la cama matrimonial.  Ella en voz baja y entre platicas comenzó a darme las instrucciones: tenía que salir por atrás, brincar una lomita de piedras y andar por un camino en un terreno baldío hasta tocar la arena de la playa; una vez ahí, tendría que correr rápidamente por la piscina hasta encontrarme con las escaleras, -por nada del mundo vayas a usar el elevador, porque te va a escuchar- me dijo. -te subes por las escaleras y caminas hacia la izquierda, pasas dos cuartos, y en la puerta del cuarto 2-A te tienes que acostar debajo de la banquita, incluso te puedes tapar con mi toalla rosita para que no te vean, tú haces eso y yo me encargó del resto-.

Confieso que me puse un poco nervioso, no me imaginaba que podría pasarme si me atrapaban, tampoco estaba seguro si sería capaz de seguir todas las instrucciones, pero sobre todo tenía miedo de no ser lo suficientemente cuidadoso, pues para un alma como la mía eso me resultaba bastante difícil.

Hasta que en un momento nos despedimos, nos dimos un gran abrazo y hablando fuerte para que nos alcanzara a escuchar el guardia me dijo –sale primo me dio mucho gusto verte, saludos a los tíos-, luego del abrazo que nos dimos y de cruzar una mirada de complicidad, ella me susurró al oído, -hazlo rápido porque no sé cuánto tiempo lo vaya a poder entretener-. Caminé unos metros,  doble de inmediato  y en cuanto sentí que la obscuridad me cobijaba comencé mi andar hacia la playa, divise la lomita de rocas que tenía que atravesar y corrí hacia ella, luego de dar un salto para bajar, comencé a caminar tratando de no hacer mucho ruido, una vez que llegue a la piscina fue momento de ser ligero como una liebre, rápidamente encontré las escaleras y subí pero una vez que estaba arriba escuche la voz del guardia, lo cual me hizo frenarme, en eso escuche que Cristine le preguntaba al guardia sobre el transporte para llegar al aeropuerto al siguiente día, lo cual sentí que me daba unos segundos más, corrí, pero por un instante lo hice hacia la derecha, vi los cuartos y los números eran 2-E y 2-F, de inmediato supuse que había tomado la dirección incorrecta por lo que volví hacia el otro lado, revise rápidamente las cuartos hasta que vi el 2-A, vi la toalla rosa y solo por seguir sus indicaciones me cobije en ella, pues sabía que una vez atrás de la banquita era imposible que nadie me viera.  Luego de un par de minutos, con el ritmo cardíaco volviendo a la normalidad, alcance a ver el elegante caminado en las hermosas piernas de Cristine, quien lentamente y sin aparentar haber tomado ni una cerveza subía erguida y calmada. Una vez que llego a la banquita dijo en voz alta que se le había caído la toalla y se agacho – abro la puerta y justo antes de que la cierre corres para adentro-  Tengo que admitir que la misión me había dejado exhausto y había hecho que se me bajaran las cervezas que me había tomado, pero una vez que estaba adentro sentí una felicidad enorme. Nuestras caras tenían unas sonrisas que venían de lo más hondo de nuestros seres. Ella de inmediato me puso la mano sobre mi boca y sugirió que no hiciéramos ruido, pero el alivio de adrenalina fue tanto que en un momento tuvimos que entrar a festejar al baño, pues el ataque de risa tenía que pasar desapercibido. Cristine me invito a pasar a su cuarto, pero me explicó que al siguiente día tenía que salir muy temprano y por la playa para que no me vieran los del hotel.  No me importó eso de tener que madrugar pues yo estaba feliz de poder pasar la noche con ella,  de inmediato me puse cómodo, saqué lo que llevaba en las bolsas del pantalón y le dije que si me podía quitar los zapatos, todo lo que llevaba en las bolsas del pantalón lo estaba poniendo sobre el buro cuando se me acerco Cristine,  me abrazo y me dio un beso, yo la acaricie tiernamente con mis manos, y  sin querer le pegué al buro, escuche que algo se cayó, pero realmente en esos momentos no le di ninguna importancia.

Al siguiente día luego de haber dormido solo un par de horas, Cristine me levantó con un beso en la mejilla y me dijo, -Por ahora te tienes que ir guapo, pero ten por seguro que luego nos vamos a volver a encontrar- yo le dije que, si me podía dar un baño, pero ella sugirió que era mejor que me fuera, pues si nos descubrían eran capaces de cobrarme la noche, así que le di un beso de esos que hacen que el tiempo se detenga y que los dioses vuelvan a creer en el amor, luego me puse mis zapatos, tome mis pertenencias y salí de la habitación. Cristine me detuvo la puerta, mientras ambos analizábamos que no hubiera moros en la costa. Al ver el panorama que estaba limpio salí caminando tranquilamente como si fuera un huésped más rumbo a la piscina, avance hasta la playa y crucé las piedras. Yo llevaba una sonrisa en mi cara, y la de Cristine grabada en mi mente, revisé mi dinero y vi que me había sobrado algo. Yo andaba tan de buenas que detuve una de las moto-taxis que comenzaban su día laboral para preguntarle cuanto me cobraba hasta el otro lado de la isla, y resulto que justo alcanzaba a pagarlo y hasta me sobraba para comprarme un café así que, con el ánimo recargado decidí que era un buen día para darme esos lujos.

Durante el trayecto estuve pensando en todo lo que me había pasado con Cristine, estaba feliz con la forma tan especial en que había tenido que suceder todo para burlar la seguridad de su hotel, lo lindo que fue dormir con ella, su olor, su sonrisa. Sentía como si estuviera soñando, cuando de pronto recordé que algo se había caído cuando ella se me acerco a darme el beso, de inmediato pensé que no lo había recogido y por un momento rece por que no fueran las llaves, que era lo único importante que tenía. Revise mis bolsillos y estaba todo, menos las llaves. Me golpee la cabeza a tal grado que el taxista me dijo que si estaba bien. Lo mire con una angustia en mi cara, estaba metido en un problema grande. Cristine junto con las chicas estarían por tomar su taxi rumbo al aeropuerto, yo no tenía más dinero y aparte estaba a casi una hora de distancia del hotel. Si las llaves se quedaban en el hotel yo no podía ir a reclamarlas pues el de seguridad sospecharía de mí, y por su rostro y su actitud, estoy seguro que era capaz de llamar a la policía para cobrarme lo de una noche.  Los últimos cinco minutos antes de llegar al hotel fueron un martirio para mi atormentada cabeza, pero lo que decidí hacer fue lo siguiente:

Le dije al taxista que me llevara hasta mi hotel pero que me esperara ahí, que lo iba a volver a requerir para volver por unas llaves que había olvidado. Llegue gritando para que Joana o Rodrigo me abrieran, pero no parecían escuchar, el taxista desesperado y un poco asustado, me dijo que en la esquina podría encontrar más taxis que él se tenía que ir, sabía que mi actitud y mi cara pálida no le daban confianza, pero yo tenía que hacer movimientos rápidos y certeros por lo que seguí gritando “Rodrigo”, “Joana”, por ningún motivo quería que Paul me abriera pues iba a notar que algo andaba mal y de inmediato sabría que era algo relacionado con las llaves. Luego de unos minutos sin respuesta alcance a ver que Rodrigo venía saliendo con una cara de que se acababa de levantar y con toda la calma del mundo. Yo le gritaba y le hacía señas con la mano para indicarle que estaba ante una emergencia, pero él ni cuenta se dio hasta que llego a la puerta, me abrió y antes de que yo le explicará me dijo: -voy por unos cafés, no quieres que te traiga uno-, yo le tome del brazo y le dije -Rodrigo necesito que me prestes dinero- era el último billete que ellos tenían y los dejaba sin la posibilidad de comprarse sus cafés, pero así tenía que ser. Le dije que me diera el billete que si no perdía las llaves y que íbamos a tener un problemón con Paul. Él se enfadó, yo le arrebate el billete, y le dije al taxista, -mira espérame te voy a pagar de más, pero espérame un minutito- entré corriendo al cuarto, busque el papelito donde había anotado los mails de las chicas y el teléfono de su hotel y baje corriendo a la administración deseando con todo mi corazón que Paul no estuviera. Por suerte él no estaba, así que tome el teléfono y marque, luego de un par de tonos, contestaron, de inmediato reconocí las voz del guardia del hotel, le dije que si me podía comunicar al cuarto 2-A pero me dijo que las chicas habían dejado el cuarto, se me bajo el azúcar y me puse todavía más pálido, pero en eso siguió hablando –las chicas están en el lobby esperando el taxi-, le dije que si por favor me comunicaba con Cristine que era su primo y que era  urgente que le pudiera pasar este último mensaje antes de que se fuera. A los pocos segundos contestó Cristine, quien me preguntó que cómo estaba con su dulce voz y con el suave  tono de su risa, pero yo no tenía tiempo para cumplidos, así que de inmediato le dije: -Cristine un favor del tamaño del mundo, se me cayeron las llaves anoche en tu cuarto y si las pierdo estoy frito, necesito que vayas por ellas, están detrás del armario, recógelas y necesito que me las dejes escondidas en algún punto sobre las rocas de la playa para yo pasar por ellas- Cristine se rio a carcajadas, desgraciadamente en esos momentos yo no estaba para compartir su felicidad, pero ella me calmo son su suave voz –Mira no hay necesidad de que esconda las llaves, le diré al de seguridad que yo te las había guardado en mi bolso y que se me olvido regresártelas, tu llega tranquilo y seguro te las devolverán-. Ella tenía razón, no había necesidad de hacer más grande el problema. Nos despedimos y le dije que le agradecía todo de corazón, pero no sé realmente si lo decía por lo que había pasado la noche anterior, o por salvarme y tranquilizarme con el tema de las llaves.

Tomé el taxi de regreso hasta el hotel con la esperanza de alcanzar a despedirme de Cristine, pero no tuve tanta suerte. Cuando llegue al hotel, le pague al taxista con el billete y le dije que se quedará con el cambio, entré con el de seguridad quien me dijo que lo esperara afuera, y sin decirme más me entrego las llaves, yo sentí un alivio tan grande que, sin importarme su nada agraciado rostro, le di las gracias con una sonrisa y hasta una palmada en la espalda, le vine dando.  Ya con las llaves en el bolsillo regresé caminando por la playa, para ese entonces ya eran más de las diez de la mañana y el sol comenzaba a pegar con fuerza, yo en mi cabeza hacía el recuento de los daños, me había quedado sin dinero, había dejado a los chicos sin dinero Joana estaría furiosa conmigo, pero si algo me reconfortaba era el hecho de saber que tenía la maldita llave y el recuerdo de la sonrisa de Cristine.

Cuando regresé tuve que darles explicación a los chicos de cómo habían pasado las cosas, ellos estaban sumamente enojados. Esa misma tarde tuve que salir a la playa a conseguir dinero para cenar algo, al final vendí mi reloj y una pluma que me habían regalado en mi graduación, y que se terminaron convirtiendo en un arroz, frutas y unas verduras con los que sobrevivimos un par de días. Rodrigo no me volvió a dirigir la palabra en los días restantes que estuvimos en la Isla, Joana siempre estuvo enojada y reclamándome la situación. Pero para mí, cada que me imaginaba el olor y la sonrisa de Cristine sabía que, aunque casi cometo un error, al final no solo recuperé la llave, sino que también encontré una llave mucho más mágica y valiosa, la llave de cristal para abrir el corazón de esa hermosa mujer que luego de un par de coincidencias más, se convertiría en el amor de mi vida.

 

 

 

17 de Marzo 2020. Puerto Morelos.

David Herrera el González.

jueves, 25 de noviembre de 2021

La tercera es la vencida.

 

La tercera es la vencida.

 

José Daniel de treinta y cinco años, media un metro con ochenta centímetros  y la última vez que se había pesado la aguja de la báscula había salido disparada para finalmente detenerse en ciento veinticinco kilogramos. Desde  hace un par de años se la había dicho que padecía de obesidad mórbida, y ante la reinante situación de la pandemia debido al virus del Covid 19.3 él era considerado un elemento de alto riesgo dado su sobrepeso excesivo. José Daniel por el contrario era uno de esos tipos que negaban cualquier cuestión relacionada con el virus, era de los que decían que era una conspiración de los ricos sometiendo al pueblo, o un experimento social de muy mal gusto, pero en el fondo su actitud era una forma de evadir el miedo  al hecho de ser el blanco perfecto  para que esta enfermedad se convirtiera en algo fatal. Llevaba una vida bastante sedentaria, era soltero, vivía en casa de sus padres, tenía un auto, trabajaba en un despacho de contadores desde hace ya varios años,  y la mayor parte de su sueldo la destinaba a andar deambulando por la ciudad descubriendo lugares para comer rico, nunca escatimaba en comida. Desde que comenzó la pandemia se fue a trabajar desde casa con el famoso home office, y el hecho de estar en casa todo el tiempo lo volvió más sedentario y más obeso de lo que ya era.

Luego de un año de estar trabajando en casa, José comenzó a fatigarse más cuando tenía que salir a caminar, y sobre todo cuando le tocaba subir escaleras. En un punto, en su ciudad comenzaron a aplicar las vacunas, le primera reacción de José Daniel, fue decir que él nunca se iba a poner esa vacuna, y mucho menos luego de ver que a varias personas que se las habían aplicado, les habían presentado algunos efectos secundarios, incluso llegó a tener altercados en las juntas virtuales con varios de sus compañeros de trabajo, por su negativa a aplicarse la vacuna. Hasta que en un punto la orden vino de arriba, quien no estuviera vacunado no podría regresar al trabajo presencial, y desde ese momento el trabajo desde casa estaba concluido, es decir estaban obligando a todos, incluyendo a José Daniel a ponerse la vacuna si quería seguir trabajando en el despacho.

Luego de casi diez años trabajando en ese despacho, y debido a su vida monótona y sedentaria, José Daniel no estaba dispuesto a poner en riesgo su estabilidad económica, ni mucho menos el poder darse el gusto de comer lo que se le antojara en el momento que se le antojara.  Así que en cuanto se anunció que la campaña de vacunación para personas de treinta a cuarenta años,  fue a ponerse la primera dosis. Cuando fue a vacunarse el servicio del personal de gobierno, incluyendo a los soldados fue mejor de lo que él esperaba, la inyección casi no le dolió y salió bastante tranquilo rumbo a su casa, al regreso mientras caminaba hasta su auto, comenzó a sentir que perdía el aire más que de costumbre y para en la noche ya presentaba un cuadro de gripa bastante fuerte, un efecto secundario añadido a la aplicación de la vacuna china. Luego de una semana de sentirse muy cansado y de casi no tener apetito ni olfato, José Daniel se debilito, los primeros días presento una tos muy fuerte y una ligera dificultad para respirar que por algunos momentos lo hicieron pensar que iba  a terminar en el hospital, cosa que lo asustaba de sobre manera. Afortunadamente luego de una semana comenzó a sentirse mucho mejor, la tos desapareció, la fatiga disminuyo, el olfato regreso, y el apetito se mejoró por lo que de inmediato volvió a comer, incluso más que antes, un poco tapando el nervio que le daba ser un elemento de riesgo, y  otro poco celebrando que ya se sentía mejor y se podía permitir ciertos lujitos extras como comprarse una pieza de pan antes de dormir, o tomar un plato grande de cereal cada que llegaba a su casa.

Luego de dos meses se anunció que las personas de treinta a cuarenta años  podían pasar de nueva cuenta al salón de usos múltiples para recibir la segunda vacuna, José Daniel volvió a sentirse nervioso, no quería volver a enfermarse como la primera vez, pero lo consolaba la idea de saber que una vez ya vacunado sería más difícil que el Covid 19.3 lo fuera a matar. Ese día José Daniel siguiendo las recomendaciones no llegó con el estómago vacío, pero como decidió llegar temprano  no alcanzo a pasar a las gorditas que le quedaban en camino pues la señora habría hasta las diez, pero si frenó en una cafetería para tomarse un café y una concha con nata para no ir con el estómago vacío con la promesa a si mismo de luego de ponerse la segunda dosis pasar a comprarse un par de gorditas como premio y también con la idea de aumentar sus defensas pues no quería volver a sentirse mal.  Así fue que llegó temprano, la fila de afuera todavía era pequeña y rápidamente paso a la sala donde estaban todas las sillas, ahí había un poco más de gente, pero todo iba muy bien organizado como hace dos meses, a José Daniel le toco unas diez filas antes de pasar a los escritorios. Pero para su sorpresa  al momento de sentarse en la silla que le tocaba esta se despedazo, José Daniel cayó como si fuera un costal de papas y se golpeó la espalda y la cadera, de inmediato la persona encargada de avisar que fueran avanzando a la siguiente silla, se acercó para ayudar a levantarlo, el estruendo fue tal, que todos en el salón lo notaron, José Daniel alcanzo a escuchar entre su dolor, la exclamación de la gente, seguida por algunas risas perdidas a lo largo de la sala, un par de ellas  de dos personas que venían entrando detrás de él y que sonaron bastante exageradas, estas provenían de un par de chicos que en apariencia eran mucho más jóvenes que él. José Daniel con la pena, se aguantó el dolor y simplemente se fue a sentar con todo el cuidado a la siguiente fila pues ya le había tocado avanzar, una vez que se sentó sintió un tirón en la parte baja de la espalda, y cuando disimuladamente se intentó sobar, se dio cuenta que a los jóvenes risueños les había tocado justo detrás de él, pues al verlo sobarse volvieron a reír fuertemente. José Daniel giro un poco su cuello y les tiró una mirada retadora, los jóvenes evadieron la mirada mientras intentaban controlar su risa, pero no con mucho éxito, así José Daniel avanzó un par de filas más pero cada vez que hacía esfuerzo para levantarse o para sentarse le dolía más la cadera; cuando volvieron a indicar que había que avanzar José intento hacerlo de lado y lentamente, pero al final cuando sintió el pellizco en su cadera, dejo caer todo su cuerpo desplomando por segunda ocasión una silla. De nueva cuenta el estruendo, José Daniel no cayo tan fuertemente como la primera vez, pero la silla había que cambiarla, el encargado volvió un poco molesto pues era la segunda silla que tenía que cambiar, pero también intentando ser comprensivo, volvió a preguntarle que si estaba bien, y a decirle que por favor se moviera con cuidado. Todos en la sala se dieron cuenta de esta segunda escena, hubo más risas que la primera vez, pero lo que José Daniel escuchaba por sobre todas las cosas eran las tremendas carcajadas de los jóvenes quienes hacían todo lo posible por controlarse pero sin tener éxito. José Daniel esta segunda vez se levantó y ya no le importo disimular su dolor, comenzó a sobarse y sintiéndose extremadamente mal, hizo como si nada hubiera pasado, como si no se hubiera dado cuenta que todos lo habían visto y sobre todo como si no escuchara las risas que justo detrás de él se les escapaban al par de jóvenes.  El tono de su cara se puso un poco rojo, en parte por la pena, en parte por el coraje de estar poniéndose una vacuna contra algo que el negaba, y en parte por las ganas de matar a los dos jóvenes. Así avanzó José Daniel las siguientes filas, con mucho cuidado, tratando de hacerse más ligero que una pluma cada vez que inclinaba su cuerpo hacía abajo para sentarse. En la penúltima fila antes de estar frente al escritorio José Daniel comenzó a revisar sus documentos para tenerlos listos al momento de pasar, cuando cerró el folder de inmediato notó que todos avanzaban a la última silla, cuando se levantó vio que en el suelo había una rondana y un tornillo,  por su cabeza cruzó que ese tornillo debía de ser de alguno de los idiotas que venían atrás todavía intentando no reírse. Se sentó con mucho cuidado mientras esperaba que le tocará frente alguno de los funcionarios públicos, cuando a lo lejos se escuchó que le dijeron, señor pase por aquí por favor, José Daniel apretó su folder con la mano izquierda y cuando hizo el esfuerzo por levantarse, por increíble que parezca, rompió la tercera silla del día. Esta vez las carcajadas no fueron solamente las de los jóvenes, sino la de la gran mayoría de las personas que estaban presentes, José Daniel deseaba que se lo tragara la tierra, ya no le importaba nada. Cuando levantó la mirada se dio cuenta que en esta ocasión había muchas manos que entre risas intentaban ayudarle a levantarse, cuando hizo el esfuerzo por hacerlo notó que el dolor en la cadera había aumentado y que al momento de caer con el folder en la mano, se había lastimado la muñeca por lo que en el primer intento de levantarlo se les cayó de nueva cuenta. Los dos jóvenes que venían atrás, dejaron un poco sus carcajadas pero todavía con la sonrisa de oreja a oreja lo ayudaron a levantarse poniéndose de frente y tomándolo de debajo de las axilas, y con la ayuda de otras manos lograron levantarlo. José Daniel, apenado, les dio las gracias, a lo que uno de los jóvenes risueños le dijo, -ahora sí que traes mala suerte amigo, tres sillas en un mismo día-,  José asintió con la cabeza moviéndola de lado al lado, con una cara de desaprobación a él mismo, y repitió las gracias. El otro joven se agacho y tomó el tornillo del suelo y mientras el encargado se llevaba la silla le dijo: -este tornillo ya estaba tirado desde antes de que se sentará, esta no fue su culpa, la tercera ya estaba vencida-. José Daniel  hizo una sonrisa por demás fingida, y sacudiéndose el pantalón, el dolor y la vergüenza se acercó al escritorio del servidor público, donde ya no hizo por sentarse, por el contrario, aun pensando en las palabras del joven,  dijo inconscientemente en voz muy bajita, la tercera será la vencida. Entrego sus papeles, mostro su credencial y de inmediato lo pasaron a que le pusieran la vacuna sin tener que pasar a hacer la siguiente zona de fila de sillas, una vez ya vacunado tuvo que esperar diez minutos para ver si no tenía alguna reacción, José Daniel lo hizo de pie recargado contra la misma puerta por  donde fue que salió en cuanto la enfermera le dio la aprobación, y ante las miradas sonrientes de muchos, dejo el salón caminando muy adolorido de la cadera y con un pequeño esguince en la mano.

Su decepción no hizo más que abrirle un poco más el apetito  que de costumbre, por lo que desde que llego con la señora de las gorditas, le pidió tres de las fritas y  con queso. Mientras se las comía reflexionaba sobre el ridículo que había pasado y se cuestionaba  por qué le había tocado vivir esa experiencia tan traumática, por otro lado sus sentimientos lo confundían al pensar en la bondad de los dos jóvenes que lo habían terminado por levantar luego de haberlo hecho sentir tan mal con sus risas.  José Daniel le dio un último trago a su segunda  coca cola para pasarse el último bocado y se fue en su coche derechito a su casa donde no platico nada de lo sucedido. Al final no tuvo ningún efecto secundario después de  su segunda vacuna y tardo unos cuantos días en recuperarse de los golpes en la cadera y  su muñeca.

Un par de semanas después, un día cuando regresaba de su hora de desayuno y volvía a su escritorio en el despacho, José recibió una notificación en su computadora donde apareció un comunicado oficial del gobierno con un  anuncio que posteriormente aparecería en todos los medios locales, donde se daba a conocer que las personas que se habían puesto la vacuna china, iban a necesitar una tercera dosis, bajo el eslogan publicitario de  “La tercera es la vencida”.

 

 

David Herrera El González con SR.

13/9/21.