UNA CHARLA CON PEÑA
NIETO.
Nunca imaginé que un día iba a
tener frente a frente al presidente, y
mucho menos que iba a tener la oportunidad de interrogarlo, pero ese año tuve
la suerte de salir campeón mundial, así que nos invitaron a los Pinos a presentar
la medalla de oro junto con todo mi equipo. Cuando me enteré no me interesó
mucho la invitación, hasta dije que para que había que llevarle la medalla a
Peña Nieto, ni que la fuera a bendecir, ni que fuera el Papá, pero la ilusión
de ir con el presidente de todo mi equipo termino contagiándome las ganas de
por un día sentirme diplomático mexicano y andar por los Pinos caminando de
arriba para abajo, con todas las formalidades que eso implicaba.
Justo cuando regresábamos a
México luego de las competencias, del aeropuerto nos llevaron a un hotel
bastante lujoso, donde en las habitaciones ya nos esperaba el traje con el que
habríamos de presentarnos al día siguiente. La cita era temprano por lo que varios del equipo se levantaron para
aprovechar el desayuno continental que daba el hotel pero a mí me dio flojera
despertarme y más porque supuse que el desayuno presidencial debería de ser
bueno. A las ocho y media llegó la camioneta que nos llevaría hasta los Pinos,
fue un trayecto de unos veinte minutos; cuando
llegamos nos recibió Ilse, una chica educada, bella y formal, quien se presentó
y nos dijo que ella iba a estar con nosotros durante toda la visita que
cualquier cosa, estaba para ayudarnos. Luego nos dijo que la acompañáramos,
mientras caminábamos por un largo pasillo nos iba diciendo que el presidente
estaba muy feliz de recibirnos, -sobre todo a usted- dijo mirándome con una
sonrisa, la cual le devolví de inmediato. Caminamos hasta un salón grande donde
había unas mesas listas, Ilse quien escuchaba a través de su auricular, nos
comentó que el presidente estaba por bajar que por favor fuéramos pasando, que
en unos momentos nos indicarían donde sentarnos.
Una vez que estábamos adentro,
Ilse, mientras revisaba en su folder, nos fue indicando como había que
sentarnos, era una mesa redonda y para mi sorpresa el presidente tenía su silla
en la misma mesa que todos nosotros. Yo me quedé con mi entrenador hablando de
los detalles en oro que había en el salón, cuando de pronto escuche que alguien
avisó que ya había llegado. Era el presidente Enrique Peña Nieto, quien se
acercó y nos fue saludando a todos de uno
por uno, cuando llegó conmigo, me extendió la mano y me dijo –es un
honor que nos visiten, pónganse cómodos, están en su casa- la verdad que fue un gesto que nunca me hubiera esperado de él, y que
realmente me cayó en gracia. Conforme nos fuimos sentando, de inmediato
comenzaron a llegar los meseros, quienes de inmediato comenzaron a servir. Café,
jugo de naranja y posteriormente un plato pequeño con fruta de temporada.
Mientras esperábamos a que llegaran los platos para todos en la mesa, el señor
presidente en tono de broma nos dijo que fuéramos comiendo, que se nos iba a
enfriar. La verdad que me sorprendió mucho su manera de recibirnos, bastante agradable.
Luego de eso llegó el plato fuerte, el cual estaba delicioso, huevito, frijoles
y unos chilaquiles verdes que me supieron deliciosos. Cuando ofrecieron si
alguien quería algo más yo fui el único que levanto el plato, pues el resto
había ya comido algo en el hotel, por lo que me sentí un poco incómodo al ver
que todos se me quedaron viendo, pero cuando mis ojos se encontraron con los
del presidente, él me veía con una sonrisa, y dijo -claro el campeón tiene que
estar bien alimentado, tráiganle otro plato por favor.- Todos nos reímos, a mi
me seguía sorprendiendo la forma en que nos estaba tratando y también la forma
en que hablaba con sus empleados, bastante respetuosa y amigable. Al final fui
el último en terminar, el señor presidente en un punto se levantó y dijo que
tenía que atender una llamada pero que no tardaba para invitarnos a salir al
patio a tomarnos la foto oficial. Cuando
pasaba detrás de mí, me dio una palmadita en la espalda y me dijo que le daba
mucho gusto ver que había disfrutado el desayuno. Cuando termine de comer, le
di las gracias a uno de los meseros y le dije que me felicitará al chef.
Mientras daba una vuelta por el salón, de pronto se me acercó Ilse, me dijo que
me invitaba a pasar al jardín, mientras caminábamos le dije que me había
sorprendido la amabilidad del señor presidente, a lo que me dijo que así era
él, que mucha gente lo tenía en un mal concepto pero que en su persona era
alguien de trato muy fino. No sé por qué extraña razón, en ese momento me
dieron ganas de hablar con él, así que le pregunte a ella si había la posibilidad
de hablar a solas con él, a lo que ella me respondió que le iba a preguntar
pues no sabía si tenía tiempo en su agenda, pero que en un momento me
confirmaba. Yo salí al majestuoso jardín de los Pinos con sus escaleras que
parecían un palacio francés, ahí
conversé con mi entrenador, le dije que la verdad nunca me hubiera esperado que
Peña Nieto fuera tan accesible y que
había pedido que me dejarán charlar con él aunque fuera cinco minutos. Mi entrenador
se río diciendo, -no que no te caía, ahora hasta amigos van a salir-. Le dije
que desde que vi que en su campaña no había podido responder a tres libros que
lo habían marcado, le había perdido el respeto, y como presidente, aunque no
estaba muy enterado de temas políticos, tampoco me parecía que estuviera
haciendo lo correcto, pero que realmente en su persona me había caído muy bien.
Cuando volvió el señor Presidente,
comenzaron con los preparativos para la foto, justo antes de que nos llamaran
para tomar la foto, la señorita Ilse se acercó y me dijo que el señor
presidente me esperaría después de la foto para pasar a su oficina, que no
tenía mucho tiempo pero que él estaba dispuesto a pasar una media hora más con
nosotros, y que tal vez podría recortar un poco ese tiempo para hablar a solas
conmigo.
Llegaron las medallas en un
estuche, se las mostramos, nos pidió permiso para ponerse la medalla, me
enalteció mucho por ser el campeón a nivel mundial, incluso uso palabras informales como que chido,
les pregunto a los de mi equipo que si yo entrenaba o si era puro talento nato,
e insinuó que tenía cara de ser bastante
vago, pero con muy buena fortuna, que tenía
buen ángel, dijo cuando estaba refiriéndose a esa jugada en la final donde la
suerte estuvo de mi lado en un momento crítico de la competencia. Tal vez tenía
razón, tenía buen ángel y mucha suerte, y mientras nos tomaban la foto grupal, en mi cabeza le daba la razón al
señor presidente pues justo en unos minutos iba a estar frente a él, cara a
cara, él y yo, y yo estaba listo para interrogarlo. Por un momento me dieron
ganas de reclamarle por no saber contestar a tres libros, decirle que si
quieres dirigir a tu país tienes que
haber leído y leído mucho, pensé en
comenzar con eso, pero no sabía si debía arrancar de esa manera, tal vez
empezaría rompiendo el hielo hablando del mundial un poco, de viajes, y
luego intentaría reclamarle sobre eso.
Cuando terminamos la foto, él se acercó, dijo mi nombre en diminutivo, y me dijo si quieres pasamos a mi oficina. Se despidió de los muchachos de uno por uno, y luego dándome un abrazo mientras caminábamos, como lo hace uno con sus amigos de la escuela, me dijo que era un chingón, que le había dado mucho gusto ver cómo les había ganado a los gringos, que hasta se le había puesto la piel de gallina al escuchar el himno y ver la bandera en lo más alto. Finalmente entramos a un salón bastante grande donde el piso era una duela brillante que fácilmente se prestaba para una cancha de vóley o de básquet, cruzamos por ahí me dijo que tenía que pasar al baño, que si gustaba ir pasando a la oficina, que en un momento me alcanzaba. Pensé en ir al baño solo por el hecho de poder decir que había echado una firma al lado del presidente, pero no era necesario, justó antes de la foto había ido al baño del jardín.
Así que abrí la puerta de la oficina con un poco
de incertidumbre por descubrir que había del otro lado, hasta dije en voz
media, buenos días en caso de que hubiera alguien, pero no hubo respuesta y lo que
me encontré fue con una grata sorpresa que de inmediato me hizo sentir
feliz. Era una hermosa oficina como las
que se ven en las películas, la cual
tuve la fortuna de tener unos minutos para mi solo, para analizarla de
arriba, abajo. Había un escritorio
grande con sillas acolchonadas en madera para los invitados, la silla
presidencial que yo esperaba que fuera como un trono, no lo era, era de esas sillas caras que ahora venden
para las oficinas de color negra, acolchonada y giratoria. Del lado derecho había un pequeño librero con
libros clásicos y una colección de enciclopedia antigua en perfecto estado.
Detrás del escritorio había un cajonero de madera cuyo barniz le daba un brillo
especial y sobre el cuál se encontraban varias fotos, una del día de la toma de
protesta con Peña Nieto portando la banda presidencial con los colores de la
bandera al revés, otra dándole la mano a
Barack Obama, y una familiar donde salía él con la Gaviota y con todos los
hijos de ambos aparentando ser una familia feliz; arriba estaba un cuadro con
una pintura del lago de Texcoco, en una
de las esquinas sobre un asta se
encontraba una bandera grande de México
con el escudo en oro, y en una de las
esquinas del escritorio había una versión pequeña de esa misma bandera. En eso estaba cuando entró el señor
presidente, me pidió que tomará asiento y me pregunto qué le parecía su
oficina, mientras me explicaba que esa no era su oficina principal en Los
Pinos. Al momento de responder tuve oportunidad de analizar lo que había sobre
su escritorio, una bandeja de plata esculpida con un águila, un vasito forrado
en cuero que al principio pensé que era para jugar albur pero que no tenía los dados,
un portaplumas sin pluma, un
libro bastante grande justo frente a él donde se leía “Constitución Política de
los Estados Unidos Mexicanos”, y en el costado derecho del escritorio, había un
teléfono rojo antiguo que me hizo recordar a la vieja serie de Batman.
Viéndolo de frente, solamente
separados por un escritorio le respondí que era una oficina muy elegante, y que
tenía cosas de mucho valor histórico, le pregunté si ese teléfono funcionaba, a
lo que me dijo que sí, le dije que si era el de las emergencias, y se rio
diciendo que no, que era más bien un teléfono interno con el que se podía
comunicar a otras partes de la casa presidencial, pero que de hecho no podía
recibir llamadas externas en él. Luego
de unas risas cuando le dije que se parecía al teléfono de Batman, Enrique Peña
Nieto comenzó con los elogios hacia mí por haber ganado la medalla, pero sobre
todo por mi actitud para salir adelante, no solamente en la final, sino en toda la competencia, -es que la
presencia que tienes cuando estas en competencia fuera de México, ya la
quisiéramos muchos políticos- dijo seriamente. Su actitud me seguía sorprendiendo
de sobremanera, que manifestará eso,
nunca me lo hubiera imaginado. Pero de
pronto seguí hablando yo, le hable de los detalles que tenía en su oficina, del
barniz perfecto de la madera, y de las fotos que ahí tenía, cuando le hable de
la foto con Obama, me dijo que le daba mucho gusto que le hubiéramos ganado a
Estados Unidos, y en tono de broma dijo, al menos en esa foto yo le gane en lo
guapo, lo cual me hizo reír y en cuanto
pude comencé a hablar de los libros, de la colección histórica que ahí tenía,
me dijo que sí que eran libros que han visto pasar a muchos presidentes, aunque
estaba seguro que muy pocos los habían hojeado. Luego continuó diciéndome que
él no era muy bueno para la lectura, le
dije que si sabía de eso, que lo había visto en la Feria del libro de
Guadalajara, a lo que él se apeno un poco diciendo que ese día había sido un
desastre con él y con su equipo de trabajo, luego me pregunto si yo leía
mucho, respondí que no mucho, pero que a
lo largo de mi vida si había leído varios libros que me habían marcado, que en
mi familia mi papá siempre decía que “si quieres avanzar, leer te ayuda a
caminar”. Él con toda seriedad afirmo con la cabeza lo que decía mi padre, y
cuando le estaba explicando que leer era la única forma de aprender de nuestros
errores y de imaginar mundos mejores, me interrumpió con una frase que retumbó
en mi cabeza: -desafortunadamente la política hoy en día, no se rige por lo que
dicen los libros- su interrupción me dejo pensando un instante, y luego tratando de no mostrar mi descontento
hice una pequeña observación, -es verdad, hoy en día se rige más por lo que
dice la televisión, y pues que le voy a decir en la televisión siempre gana el
guapo- después de la carcajada, Peña Nieto se puso serio y dijo por eso me caes
tan bien, porque al final, tú, desde tu realidad, desde lo que te tocó vivir,
has hecho mucho, has luchado contra todo por sobresalir y por ser mejor, eso al
final del día es lo que motiva a las personas a ser mejores. –Entonces son las
luchas individuales las que pueden hacer que las cosas sucedan mejor, el
sistema no, ese ya caducó- le dije en tono retador, pero el con toda calma me
respondió –tristemente así es mi
estimado, pero hablemos de cosas mejores, cuéntame que sentiste cuando sonaba
el himno-.
Al final el dirigió la charla, no yo. Fueron
unos quince minutos los que estuvimos hablando en su oficina al final nos
hicimos amigos. Cuando se despidió me dijo que era una lástima que se tuviera
que ir luego de tan amena charla, él
tenía que salir por la puerta de atrás del salón, me indico que yo debía regresar con mis
compañeros al jardín, y que estaba seguro que un campeón como yo no debía
perderse para regresar, luego de darnos
un abrazo recalcó que le había caído muy bien, que le pasará mis datos personales
a Ilse y que él se pondría en contacto conmigo para volver a vernos.
Regresé al jardín donde Ilse les
explicaba a todos los detalles históricos
de la construcción y del jardín, como si fuera guía turística, yo sin
decir palabra me puse a escucharla ante la mirada de todos mis compañeros de
equipo quienes curiosos esperaban conocer lo que había discutido con Enrique
Peña Nieto. Antes de salir de los Pinos le dejé mis datos a la señorita Ilse,
pensando que nunca me iban a contactar. Regresamos caminando por un largo
pasillo hasta la puerta por donde habíamos entrado, Ilse nos agradeció y se
despidió, nos subimos de nueva cuenta al autobús. Durante el trayecto hacia el
hotel mis compañeros se burlaban un poco de mí, de cómo yo estaba reacio a
visitar Los Pinos, y al final hasta me había ido a platicar a solas con el
presidente, cuando me preguntaron de que habíamos hablado, les dije que
habíamos discutido de todo y de nada, pero que la conclusión a la que habíamos
llegado era que la revolución estaba en uno mismo, y en los libros que uno lee.
Todos se rieron pensando que estaba siendo sarcástico y que lo decía bromeando por el suceso de la Feria del Libro.
Luego me fui a un asiento solo y
mientras veía la gran ciudad de México por la ventanilla del autobús pensé en
lo decepcionante que era saber que la política actual va más relacionada con la
ignorancia de todas las partes, y que los políticos que nos gobiernan ni
siquiera se preocupan por el bienestar de su país, pero
por otro lado sentí un gran orgullo al
pensar en las palabras que había dicho hacia mi persona, las cuales constituían
un gran aprendizaje y en el fondo sabía que él tenía razón, debía de seguir
luchando desde mi trinchera para cambiar mi mundo y con ello impactar
socialmente de manera lenta y gradual. En
ese momento me prometí convertirme en mejor atleta y mejor persona, por mi bien, el de mi país, y
el del mundo en el que me tocó habitar.
Luego de un par de días recibí un
mensaje de parte del presidente quien me saludaba y me invitaba a una cena en
Palacio Nacional, lo cual me sorprendió mucho. A partir de ese día Enrique y yo
nos hicimos buenos amigos, nos vimos
unas cinco o seis veces, yo le regalé varios libros de autores mexicanos,
asistí a varios eventos oficiales mientras fue presidente e incluso un día
cuando acababa de terminar su sexenio tuvo la humildad de asistir a una cena
que me organizo mi mamá en mi pueblo natal donde él me regaló una edición
especial de Don Quijote de la Mancha.
FIN.
(Esta historia solo
ocurrió en la mente de sus autores.)
Somnoliento Rodríguez
en colaboración con David Herrera El González.
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