sábado, 31 de julio de 2021

UNA CHARLA CON PEÑA NIETO.

 

UNA CHARLA CON PEÑA NIETO.

 

Nunca imaginé que un día iba a tener frente a frente al  presidente, y mucho menos que iba a tener la oportunidad de interrogarlo, pero ese año tuve la suerte de salir campeón mundial, así que nos invitaron a los Pinos a presentar la medalla de oro junto con todo mi equipo. Cuando me enteré no me interesó mucho la invitación, hasta dije que para que había que llevarle la medalla a Peña Nieto, ni que la fuera a bendecir, ni que fuera el Papá, pero la ilusión de ir con el presidente de todo mi equipo termino contagiándome las ganas de por un día sentirme diplomático mexicano y andar por los Pinos caminando de arriba para abajo, con todas las formalidades que eso implicaba.

Justo cuando regresábamos a México luego de las competencias, del aeropuerto nos llevaron a un hotel bastante lujoso, donde en las habitaciones ya nos esperaba el traje con el que habríamos de presentarnos al día siguiente.  La cita era temprano por lo que  varios del equipo se levantaron para aprovechar el desayuno continental que daba el hotel pero a mí me dio flojera despertarme y más porque supuse que el desayuno presidencial debería de ser bueno. A las ocho y media llegó la camioneta que nos llevaría hasta los Pinos, fue un trayecto de unos veinte minutos;  cuando llegamos nos recibió Ilse, una chica educada, bella y formal, quien se presentó y nos dijo que ella iba a estar con nosotros durante toda la visita que cualquier cosa, estaba para ayudarnos. Luego nos dijo que la acompañáramos, mientras caminábamos por un largo pasillo nos iba diciendo que el presidente estaba muy feliz de recibirnos, -sobre todo a usted- dijo mirándome con una sonrisa, la cual le devolví de inmediato. Caminamos hasta un salón grande donde había unas mesas listas, Ilse quien escuchaba a través de su auricular, nos comentó que el presidente estaba por bajar que por favor fuéramos pasando, que en unos momentos nos indicarían donde sentarnos.

Una vez que estábamos adentro, Ilse, mientras revisaba en su folder, nos fue indicando como había que sentarnos, era una mesa redonda y para mi sorpresa el presidente tenía su silla en la misma mesa que todos nosotros. Yo me quedé con mi entrenador hablando de los detalles en oro que había en el salón, cuando de pronto escuche que alguien avisó que ya había llegado. Era el presidente Enrique Peña Nieto, quien se acercó y nos fue saludando a todos de uno  por uno, cuando llegó conmigo, me extendió la mano y me dijo –es un honor que nos visiten, pónganse cómodos, están en su casa-  la verdad que fue un gesto  que nunca me hubiera esperado de él, y que realmente me cayó en gracia. Conforme nos fuimos sentando, de inmediato comenzaron a llegar los meseros, quienes de inmediato comenzaron a servir. Café, jugo de naranja y posteriormente un plato pequeño con fruta de temporada. Mientras esperábamos a que llegaran los platos para todos en la mesa, el señor presidente en tono de broma nos dijo que fuéramos comiendo, que se nos iba a enfriar. La verdad que me sorprendió mucho su manera de recibirnos, bastante agradable. Luego de eso llegó el plato fuerte, el cual estaba delicioso, huevito, frijoles y unos chilaquiles verdes que me supieron deliciosos. Cuando ofrecieron si alguien quería algo más yo fui el único que levanto el plato, pues el resto había ya comido algo en el hotel, por lo que me sentí un poco incómodo al ver que todos se me quedaron viendo, pero cuando mis ojos se encontraron con los del presidente, él me veía con una sonrisa, y dijo -claro el campeón tiene que estar bien alimentado, tráiganle otro plato por favor.- Todos nos reímos, a mi me seguía sorprendiendo la forma en que nos estaba tratando y también la forma en que hablaba con sus empleados, bastante respetuosa y amigable. Al final fui el último en terminar, el señor presidente en un punto se levantó y dijo que tenía que atender una llamada pero que no tardaba para invitarnos a salir al patio a tomarnos la foto oficial.  Cuando pasaba detrás de mí, me dio una palmadita en la espalda y me dijo que le daba mucho gusto ver que había disfrutado el desayuno. Cuando termine de comer, le di las gracias a uno de los meseros y le dije que me felicitará al chef. Mientras daba una vuelta por el salón, de pronto se me acercó Ilse, me dijo que me invitaba a pasar al jardín, mientras caminábamos le dije que me había sorprendido la amabilidad del señor presidente, a lo que me dijo que así era él, que mucha gente lo tenía en un mal concepto pero que en su persona era alguien de trato muy fino. No sé por qué extraña razón, en ese momento me dieron ganas de hablar con él, así que le pregunte a ella si había la posibilidad de hablar a solas con él, a lo que ella me respondió que le iba a preguntar pues no sabía si tenía tiempo en su agenda, pero que en un momento me confirmaba. Yo salí al majestuoso jardín de los Pinos con sus escaleras que parecían un palacio francés,  ahí conversé con mi entrenador, le dije que la verdad nunca me hubiera esperado que Peña Nieto  fuera tan accesible y que había pedido que me dejarán charlar con él aunque fuera cinco minutos. Mi entrenador se río diciendo, -no que no te caía, ahora hasta amigos van a salir-. Le dije que desde que vi que en su campaña no había podido responder a tres libros que lo habían marcado, le había perdido el respeto, y como presidente, aunque no estaba muy enterado de temas políticos, tampoco me parecía que estuviera haciendo lo correcto, pero que realmente en su persona me había caído muy bien. Cuando  volvió el señor Presidente, comenzaron con los preparativos para la foto, justo antes de que nos llamaran para tomar la foto, la señorita Ilse se acercó y me dijo que el señor presidente me esperaría después de la foto para pasar a su oficina, que no tenía mucho tiempo pero que él estaba dispuesto a pasar una media hora más con nosotros, y que tal vez podría recortar un poco ese tiempo para hablar a solas conmigo.

Llegaron las medallas en un estuche, se las mostramos, nos pidió permiso para ponerse la medalla, me enalteció mucho por ser el campeón a nivel mundial, incluso uso palabras informales como que chido, les pregunto a los de mi equipo que si yo entrenaba o si era puro talento nato, e insinuó que tenía cara de  ser bastante vago, pero con muy buena fortuna,  que tenía buen ángel, dijo cuando estaba refiriéndose a esa jugada en la final donde la suerte estuvo de mi lado en un momento crítico de la competencia. Tal vez tenía razón, tenía buen ángel y mucha suerte, y mientras nos tomaban la foto  grupal, en mi cabeza le daba la razón al señor presidente pues justo en unos minutos iba a estar frente a él, cara a cara, él y yo, y yo estaba listo para interrogarlo. Por un momento me dieron ganas de reclamarle por no saber contestar a tres libros, decirle que si quieres dirigir  a tu país tienes que haber leído  y leído mucho, pensé en comenzar con eso, pero no sabía si debía arrancar de esa manera, tal vez empezaría rompiendo el hielo hablando del mundial un poco, de  viajes, y luego intentaría reclamarle sobre eso.

Cuando terminamos la foto, él se acercó, dijo mi nombre en diminutivo,  y me dijo si quieres pasamos a mi oficina. Se despidió de los muchachos de uno por uno,  y luego dándome un abrazo mientras caminábamos, como lo hace uno con sus amigos de la escuela, me dijo que era un chingón, que le había dado mucho gusto ver cómo les había ganado a los gringos, que hasta se le había puesto la piel de gallina al escuchar el himno y ver la bandera en lo más alto. Finalmente  entramos a un salón bastante grande  donde el piso era una duela brillante que fácilmente se prestaba para una cancha de vóley o de básquet, cruzamos por ahí me dijo que tenía que pasar al baño, que si gustaba ir pasando a la oficina, que en un momento me alcanzaba. Pensé en ir al baño solo por el hecho de poder decir que había echado una firma al lado del presidente, pero no era necesario, justó antes de la foto había ido al  baño del jardín. 

Así que abrí la puerta de la oficina con un poco de incertidumbre por descubrir que había del otro lado, hasta dije en voz media, buenos días en caso de que hubiera alguien, pero no hubo respuesta  y lo que  me encontré fue con una grata sorpresa que de inmediato me hizo sentir feliz. Era  una hermosa oficina como las que se ven en las películas, la cual  tuve la fortuna de tener unos minutos para mi solo, para analizarla de arriba, abajo.  Había un escritorio grande con sillas acolchonadas en madera para los invitados, la silla presidencial que yo esperaba que fuera como un trono, no lo era,  era de esas sillas caras que ahora venden para las oficinas de color negra, acolchonada y giratoria.  Del lado derecho había un pequeño librero con libros clásicos y una colección de enciclopedia antigua en perfecto estado. Detrás del escritorio había un cajonero de madera cuyo barniz le daba un brillo especial y sobre el cuál se encontraban varias fotos, una del día de la toma de protesta con Peña Nieto portando la banda presidencial con los colores de la bandera al revés, otra dándole la  mano a Barack Obama, y una familiar donde salía él con la Gaviota y con todos los hijos de ambos aparentando ser una familia feliz; arriba estaba un cuadro con una pintura del lago de Texcoco,  en una de las esquinas  sobre un asta se encontraba  una bandera grande de México con el escudo en oro,  y en una de las esquinas del escritorio había una versión pequeña de esa misma bandera.  En eso estaba cuando entró el señor presidente, me pidió que tomará asiento y me pregunto qué le parecía su oficina, mientras me explicaba que esa no era su oficina principal en Los Pinos. Al momento de responder tuve oportunidad de analizar lo que había sobre su escritorio, una bandeja de plata esculpida con un águila, un vasito forrado en cuero que al principio pensé que era  para jugar albur pero que no tenía  los dados,  un portaplumas sin pluma,  un libro bastante grande justo frente a él donde se leía “Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”, y en el costado derecho del escritorio, había un teléfono rojo antiguo que me hizo recordar a la vieja serie de Batman.

Viéndolo de frente, solamente separados por un escritorio le respondí que era una oficina muy elegante, y que tenía cosas de mucho valor histórico, le pregunté si ese teléfono funcionaba, a lo que me dijo que sí, le dije que si era el de las emergencias, y se rio diciendo que no, que era más bien un teléfono interno con el que se podía comunicar a otras partes de la casa presidencial, pero que de hecho no podía recibir llamadas externas en él.  Luego de unas risas cuando le dije que se parecía al teléfono de Batman, Enrique Peña Nieto comenzó con los elogios hacia mí por haber ganado la medalla, pero sobre todo por mi actitud para salir adelante, no solamente en la final,  sino en toda la competencia, -es que la presencia que tienes cuando estas en competencia fuera de México, ya la quisiéramos muchos políticos- dijo seriamente. Su actitud me seguía sorprendiendo de sobremanera, que  manifestará eso, nunca me lo hubiera imaginado.  Pero de pronto seguí hablando yo, le hable de los detalles que tenía en su oficina, del barniz perfecto de la madera, y de las fotos que ahí tenía, cuando le hable de la foto con Obama, me dijo que le daba mucho gusto que le hubiéramos ganado a Estados Unidos, y en tono de broma dijo, al menos en esa foto yo le gane en lo guapo,  lo cual me hizo reír y en cuanto pude comencé a hablar de los libros, de la colección histórica que ahí tenía, me dijo que sí que eran libros que han visto pasar a muchos presidentes, aunque estaba seguro que muy pocos los habían hojeado. Luego continuó diciéndome que él no era muy bueno para la lectura,  le dije que si sabía de eso, que lo había visto en la Feria del libro de Guadalajara, a lo que él se apeno un poco diciendo que ese día había sido un desastre con él y con su equipo de trabajo, luego me pregunto si yo leía mucho,  respondí que no mucho, pero que a lo largo de mi vida si había leído varios libros que me habían marcado, que en mi familia mi papá siempre decía que “si quieres avanzar, leer te ayuda a caminar”. Él con toda seriedad afirmo con la cabeza lo que decía mi padre, y cuando le estaba explicando que leer era la única forma de aprender de nuestros errores y de imaginar mundos mejores, me interrumpió con una frase que retumbó en mi cabeza: -desafortunadamente la política hoy en día, no se rige por lo que dicen los libros- su interrupción me dejo pensando un instante,  y luego tratando de no mostrar mi descontento hice una pequeña observación, -es verdad, hoy en día se rige más por lo que dice la televisión, y pues que le voy a decir en la televisión siempre gana el guapo- después de la carcajada, Peña Nieto se puso serio y dijo por eso me caes tan bien, porque al final, tú, desde tu realidad, desde lo que te tocó vivir, has hecho mucho, has luchado contra todo por sobresalir y por ser mejor, eso al final del día es lo que motiva a las personas a ser mejores. –Entonces son las luchas individuales las que pueden hacer que las cosas sucedan mejor, el sistema no, ese ya caducó- le dije en tono retador, pero el con toda calma me respondió –tristemente así es  mi estimado, pero hablemos de cosas mejores, cuéntame que sentiste cuando sonaba el himno-.

Al final el dirigió la charla, no yo. Fueron unos quince minutos los que estuvimos hablando en su oficina al final nos hicimos amigos. Cuando se despidió me dijo que era una lástima que se tuviera que ir luego de tan amena charla, él  tenía que salir por la puerta de atrás del salón,  me indico que yo debía regresar con mis compañeros al jardín, y que estaba seguro que un campeón como yo no debía perderse para regresar,  luego de darnos un abrazo recalcó que le había caído muy bien, que le pasará mis datos personales a Ilse y que él se pondría en contacto conmigo para volver a vernos.

Regresé al jardín donde Ilse les explicaba a todos los detalles históricos  de la construcción y del jardín, como si fuera guía turística, yo sin decir palabra me puse a escucharla ante la mirada de todos mis compañeros de equipo quienes curiosos esperaban conocer lo que había discutido con Enrique Peña Nieto. Antes de salir de los Pinos le dejé mis datos a la señorita Ilse, pensando que nunca me iban a contactar. Regresamos caminando por un largo pasillo hasta la puerta por donde habíamos entrado, Ilse nos agradeció y se despidió, nos subimos de nueva cuenta al autobús. Durante el trayecto hacia el hotel mis compañeros se burlaban un poco de mí, de cómo yo estaba reacio a visitar Los Pinos, y al final hasta me había ido a platicar a solas con el presidente, cuando me preguntaron de que habíamos hablado, les dije que habíamos discutido de todo y de nada, pero que la conclusión a la que habíamos llegado era que la revolución estaba en uno mismo, y en los libros que uno lee. Todos se rieron pensando que estaba siendo sarcástico y que lo decía bromeando por el suceso de la Feria del Libro.

Luego me fui a un asiento solo y mientras veía la gran ciudad de México por la ventanilla del autobús pensé en lo decepcionante que era saber que la política actual va más relacionada con la ignorancia de todas las partes, y que los políticos que nos gobiernan ni siquiera se preocupan por el bienestar de su país,   pero por otro lado sentí un gran orgullo  al pensar en las palabras que había dicho hacia mi persona, las cuales constituían un gran aprendizaje y en el fondo sabía que él tenía razón, debía de seguir luchando desde mi trinchera para cambiar mi mundo y con ello impactar socialmente de manera lenta y gradual.  En ese momento me prometí convertirme en mejor atleta y  mejor persona, por mi bien, el de mi país, y el del mundo en el que me tocó habitar.

 

Luego de un par de días recibí un mensaje de parte del presidente quien me saludaba y me invitaba a una cena en Palacio Nacional, lo cual me sorprendió mucho. A partir de ese día Enrique y yo nos hicimos buenos amigos,  nos vimos unas cinco o seis veces, yo le regalé varios libros de autores mexicanos, asistí a varios eventos oficiales  mientras fue presidente e incluso un día cuando acababa de terminar su sexenio tuvo la humildad de asistir a una cena que me organizo mi mamá en mi pueblo natal donde él me regaló una edición especial de Don Quijote de la Mancha.

FIN.

 

 

 (Esta historia solo ocurrió en la mente de sus autores.)

 

Somnoliento Rodríguez en colaboración con David Herrera El González.

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