LA CHACHALACA.
A Rulfo.
Desde que ocurrió lo que José
llamaba el accidente, se escuchó el graznido de un ave, quien fue la única
testigo de lo que había pasado. José aún
no entendía que lo había hecho reaccionar de esa manera, lo habían hecho
enojar, pero el normalmente no explotaba así, y mucho menos en contra de
alguien superior a él. Después de lo ocurrido, con el cuerpo ensangrentado
tirado debajo de un árbol, decidió meterse al bordo de agua con todo y ropa
para limpiarse la sangre, al ver que la mancha que había dejado el coagulo en la
camiseta no se quitaba, resolvió simplemente dejar que la corriente del río se
la llevara. Luego del baño con agua helada en el río y salir sin camiseta, su
cuerpo, su mente y su alma, por fin se enfriaron un poco. Regresó a la escena del crimen y al
encontrarse con el difunto, simplemente se tomó la cabeza con ambas manos y
comenzó a llorar, rápidamente reaccionó. No era momento de llorar, tenía que
actuar y hacerlo de manera rápida e inteligente, no quería pasar el resto de
sus días encerrado por lo que tomó el pequeño cuerpo de su amo, que al cargarlo
sintió como si llevará un chivo muerto, pues su cabeza lánguida colgaba, pero
el peso de cargar ese cuerpo, era más que nada el de la culpa, y eso lo
hacía muy pesado. Pensó en enterrarlo,
descuartizarlo, o simplemente esperar a que llegaran los zopilotes a comerse el
cuerpo. Estaba en medio de la naturaleza donde podían pasar días sin que nadie
se apareciera, pero si no volvía rápido todos comenzarían a sospechar cosas
malas, pues esa era una vieja costumbre
de los que administraban el campo. Y
sobre todo al ser dos los desaparecidos, José y el ánima que llevaba cargada en
sus brazos. José nunca sabrá por qué tenía tanta prisa, tanto como para hacer
lo que había hecho, como para deshacerse de la evidencia, pero así fue, parecía
como si la culpa le quemara las manos, como si fuera cargando brasas de
carbón. De tanto darle vueltas dentro de
su cabeza: enterrarlo, descuartizarlo o esperar a los buitres, llegó un momento
de desesperación sucedido inmediatamente por el chillido de un ave negra que a
lo lejos parecía venir volando en círculos. Voló directamente hacia los dos
cuerpos, era un zopilote que volaba solitario lejos de su parvada, y que venía
a ver con que se iba a encontrar. José aventó al cuerpo que como un costal de
arena, cayó al suelo, la lánguida cabeza rebotó un par de veces antes de quedarse
quieta, junto al cuerpo oblicuo y sin forma. El zopilote lo sorprendió pues no atacó el cuerpo, sino que comenzó a
picotear a José, quien asustado salió corriendo en dirección al río con el ave
revoloteándole alrededor; en uno de sus movimientos por escapar, volvió a pasar
frente al cuerpo que como muñeco de trapo yacía sobre la tierra. En un solo movimiento
se agachó, levanto el cuerpo como si fuera un bebé y lo apretó contra su pecho,
para seguir corriendo. No se dio cuenta que el zopilote lo dejo de seguir, y
como ya iba encarrerado pegó un brinco directo al río, que en un instante lo
hizo desaparecer de la escena. José llevaba el cuerpo bien pegado al suyo, y
aunque la caída había sido estrepitosa y había tragado mucha agua, José era muy
buen nadador por lo que en cuanto pudo se estabilizo usando el cuerpo como una
especie de tabla para ayudarse a mantener la cabeza afuera del agua y con ello
estabilizar la respiración. José conocía
bien el río, pues de niño nadaba ahí con sus primos cuando la corriente no era
fuerte, ese día era la vez que a José le había tocado navegarlo con la
corriente más pesada, los golpes con las ramas le habían abierto el pecho que
sangraba al mismo tiempo que el agua le limpiaba la sangre. José ya estaba cansado de tanta sangre que
había visto en las últimas horas. Luego de estabilizarse, José se dio cuenta
que había logrado escapar del ave negra, pero en un momento recapacitó sobre el
hecho de haberse llevado el cuerpo con él. Tomando con una mano el cuerpo y nadando
con la otra logró agarrarse de un tronco grande que encontró a la orilla del
río. Salió exhausto, se tiró al piso justo debajo de un árbol, aventó el cuerpo y se recostó con la esperanza de secarse para no
tener frío. La noche amenazaba con llegar, José con la poca fuerza que le quedaba, se fue a recargar
en el tronco del árbol, sentado sobre una piedra para evitar que algún insecto
le fuera a picar. Así en una especie de desvanecimiento, se quedó dormido
escuchando el cauce del río. Pasaron
varias horas, hasta que ya cuando estaba obscuro, el chillar de un ave lo
despertó, al principio pensó que era el zopilote, pero luego de escucharlo
cantar en lo alto del árbol se dio cuenta que no lo era, era un ave pequeña que
por la noche logró reconocerla. Se dio cuenta que en un punto el ave voló hasta
el difunto, dio un par de brinquitos sobre su espalda, tomo vuelo y le dio un
picotazo en el rostro. José se exalto a tal grado que sacó energía para
levantarse y espantar al pájaro. Era de
noche, fue hasta donde yacía el cuerpo, lo intento cargar, pero se le derritió
en las manos. Al final lo tuvo que arrastrar
para que no se lo fuera a llevar la corriente en caso de que el río creciera en
la noche, y también para estar más al pendiente de que no se lo fueran a comer
los zopilotes o algún otro animal. Una vez que lo alejo de la orilla se volvió
a su piedra y se recargo sobre el árbol, antes de quedarse dormido escuchó un
nuevo chillido de un ave desde lo alto del árbol, pero no se parecía al
chillido que antes lo había despertado, esta vez era una lechuza blanca que en
lo alto parecía quedársele viendo. A José no le gustó nada la forma en que lo
miraba e intento mover el brazo para espantarla, pero no logró nada con eso,
por lo que mejor cerró sus ojos y sin sentirlo se volvió a quedar dormido.
A la mañana siguiente, el campo se despertó con una
fresca neblina, que confundió por completo a José, quien por un segundo alcanzo
a pensar que estaba en el inframundo, pero de inmediato el sonido de un ave
termino por sacarlo de su cabeza y despertarlo por completo. Se levantó de la húmeda tierra y comenzó a
caminar moviendo sus manos, intentando mover la neblina que serenamente se postraba
frente a él. Caminó hasta donde había dejado el cuerpo y cuando iba llegando
vio a varios pájaros salir volando; entre la neblina diviso algo blanco que
voló y que no supo si era la lechuza que
había visto la noche anterior, siguió moviendo sus manos y al estar frente al cuerpo notó que había una
chachalaca, al principio pensó que era una paloma, pero al verla bien notó su
tamaño y los colores de sus plumas, el ave estaba sobre el rostro del difunto
dándole picotazos. Al notar la presencia de un ser humano la chachalaca
solamente lo volteó a ver para luego seguir dando fuertes picotazos, José pensó
en espantarla pero no lo hizo, simplemente se dio la vuelta y tomo asiento a
tan solo unos metros de distancia. Sentado ahí pensó que lo mejor era volver a
esa idea de dejar que los animales desaparecieran el cuerpo, e incluso comenzó
a planear el discurso con el que iba a volver a la hacienda. Luego de un par de
minutos la neblina comenzó a avanzar para darle lugar a un pequeño, pero
intenso, rayo de luz. Cuando José regreso su mirada al cuerpo, el ave seguía
buscando comida, pero ahora en su pecho, y alrededor ya estaban un par de aves
más revoloteando.
José había tomado ya la decisión
de dejarlo ahí, pero un impulso le hizo regresar al cuerpo para espantar las
aves, como dejándolo descansar un momento de ser devorado, o como otorgándole
un poco de respeto, una despedida digna, las aves luego de unos segundos ya
estaban devorando otra vez el cuerpo, José volvió a espantarlas y las aves salieron
volando al sentir su presencia, pero la chachalaca, se quedó ahí mirando. José
enojado al ver que no volaba se acercó más y le tiro un manotazo al aire, la
chachalaca respondió volando hacia él, como atacándolo, como dándole a entender
que ese cuerpo y esa alma, ahora le
pertenecían. José ofuscado, salió
corriendo y termino por dejar el cuerpo, así comenzó su andar de regreso, él
conocía muy bien la zona y sabía que solo había que ir bordeando el río para
volver, pero por lo aturdido que andaba y la gran cantidad de vegetación que
había gracias a las lluvias, realmente no distinguía que tan lejos estaba de la
hacienda, el trayecto que había hecho dentro del río pudo haberlo llevado casi
hasta el siguiente pueblo, o dejarlo a la mitad. Así con esa incertidumbre
comenzó a avanzar, conforme fue subiendo, la neblina desapareció por completo,
las aves cantaban a su paso, mientras él en su mente las invitaba a volar hasta
el cuerpo para que desintegraran lo que quedaba de evidencia. Caminó toda la
mañana, hasta que en un punto se detuvo al ver un árbol lleno de higos, se
comió unos diez en unos cuantos minutos, en ese momento dejó de lado su
angustia y se dio cuenta de lo hambriento que estaba, luego se encontró una penca
de un maguey y de ella bebió un poco de aguamiel. Una vez que recupero su esencia,
José fue al río para lavarse las manos y la cara, llevaba puesto su pantalón y
nada más, por lo que decidió quitárselo y meterse desnudo para limpiar su
espíritu. Mientras se enjuagaba notó que un poco más lejos estaba una piedra
grande donde había tres aves, pensó si
para ese entonces ya el cuerpo estaría irreconocible, se movió un poco para
alcanzar a ver que hacían esas aves sobre la piedra, cuando vio que entre las
tres estaba la chachalaca, juntas desgarraban un pedazo de tela, que luego
reconocería que era su camisa ensangrentada. Sintió como un escalofrío le
avanzo lentamente por la columna vertebral, por lo que decidió salirse del río,
ponerse su pantalón y apresurar el paso para regresar cuanto antes. Ese día no llovió, por el contrario salió un
sol que calentó el ambiente y le quitó el frío a José, quien un poco más
resignado, caminó por largas horas bebiendo agua del mismo río cada que le daba
sed. Luego de varias horas andando y al
ver que la noche estaba por caer pensó que debía de estar muy cerca de la
hacienda, y que lo mejor sería buscar un
lugar para pasar la noche y descansar un poco, y que al siguiente día antes del
amanecer podría comenzar a caminar con la firme intención de llegar antes de
que su amo se despertara, para con ello tener tiempo para cambiarse y
presentarse ante él a primera hora.
José esa noche termino de afinar
los detalles sobre la historia que iba a contar, y se convenció que desde ese día para él eso sería la verdad.
La historia debía ser simple, nada rebuscada: la corriente del río en uno de
los codos se había desbordado súbitamente mientras bebían agua, el caballo, del
cual no se había puesto a pensar hasta ese momento, había salido corriendo
asustado para un lado y él había salido detrás de él, cuando se dio cuenta la
corriente se estaba llevando a Macario, y él en su intento por salvarlo se
había aventado al río. La corriente era muy fuerte y luego de unos minutos
perdió de vista el cuerpo, lucho por su vida varias horas hasta que logró
tomarse de un tronco y salir del río. Esa noche siguió caminando al borde del
río gritando por horas el nombre de Macario, y lo único que había visto habían
sido luciérnagas y una lechuza blanca, no iba a mencionar nada de aves pues no
quería que su cara o sus sentimientos lo delatarán. Sabía que tenía que ser
fuerte y convencerse a sí mismo primero, para luego hacerlo de manera natural
con los demás, por lo que comenzó a repasar la historia. Pensando en eso el
cansancio lo venció y se quedó dormido. Durante la noche le pareció escuchar el
graznido de un ave varias veces y a distintas horas, pero no le quiso dar ya,
ninguna importancia. Al día siguiente lo despertó el rocío de la mañana sobre
su desnudo pecho, acompañado de un fino velo blanco provocado por la neblina,
mucho menor a la del día anterior, tenía frío, pero no podía perder mucho
tiempo si quería llegar antes de que todos se despertaran en la hacienda.
Caminó menos de una hora al lado del río hasta que se desvió por la colina,
desde ahí diviso la cúpula de la capilla, se persigno, le pidió perdón a Dios,
y juró nunca volver a pensar lo que había pasado. Seguro de sí mismo continuó
su camino, mientras la casi imperceptible neblina lo acompañó hasta que llegó a su cuarto. Entró
sin hacer ruido, se puso un pantalón limpio y aventó el que traía puesto sobre el petate, tomó una camisa blanca de
manta, y un sombrero grande, él cual no se pondría en la cabeza, sino que
llevaría en sus manos hasta desvanecerse. Salió rumbo a la casa grande donde
vivía el dueño de la hacienda, en eso escuchó a lo lejos el relinchido del caballo
de Macario, lo cual hacía suponer que había regresado luego del accidente. Cuando
llegó, lo recibió Jacinta la cocinera quien luego de saludarlo, le dijo que el amo estaba en las caballerizas,
que llevaban dos días buscándolos. José no le dio explicaciones a ella, mejor apresuró
el paso y se fue hasta el tejaban donde guardaban los animales. Ahí se encontró
con su amo, Don Javier, con la voz entrecortada, comenzó a explicarle todo. Don
Javier se soltó en llanto al enterarse que su hijo estaba desaparecido, pero no
perdió la esperanza de que tal vez estaba vivo. Le indicó a José que había que
salir de nueva cuenta a buscarlo. José le dijo que era imposible que siguiera
con vida, que lo mejor era dejar que su alma anduviera tranquila y recordarlo
como un gran muchacho. Don Javier, papá del difunto como era de esperarse
estaba destrozado en llanto, en varias
ocasiones como queriendo darse ánimos repitió que Macario estaba destinada a
ser el sucesor de la hacienda, y que no iba a rendirse hasta encontrarlo.
Cuando por fin parecía resignado de que
ya no había nada que hacer de pronto se
escuchó el graznido de un zopilote que pasó por encima de ellos para luego
postrarse en lo más alto de la cúpula. Don Javier intuyó que el zopilote le
quería dar un mensaje, y sin decir una palabra se fue caminando hasta la
capilla. José llorando y tembloroso, camino detrás de él. Justo cuando estaban por entrar a la capilla
se apareció la chachalaca que antes
había estado picoteando el cuerpo de Macario, con un pequeño pedazo de tela
ensangrentada colgando de su pico en forma de gancho, se postro en un árbol, los
miro fijamente y dejó caer el pedazo de tela sobre el suelo para luego emitir fuertemente
un graznido que retumbaría en lo más hondo de la consciencia intranquila de José. Don Javier corrió a
recoger lo que había tirado, mientras que la Chachalaca y José permanecieron
mirándose fijamente. José sintió de nueva cuenta el escalofrío recorrerle la
espalda, y se desvaneció sobre la tierra. Don Javier ya con el pedacito de tela
en sus manos corrió hacia José y comenzó
a gritar para que sus trabajadores vinieran a ayudarle.
SR. David Herrera el
González. Julio 2021
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