sábado, 31 de julio de 2021

LA CHACHALACA.

 

LA CHACHALACA.

A Rulfo.

Desde que ocurrió lo que José llamaba el accidente, se escuchó el graznido de un ave, quien fue la única testigo de lo que había pasado.  José aún no entendía que lo había hecho reaccionar de esa manera, lo habían hecho enojar, pero el normalmente no explotaba así, y mucho menos en contra de alguien superior a él. Después de lo ocurrido, con el cuerpo ensangrentado tirado debajo de un árbol, decidió meterse al bordo de agua con todo y ropa para limpiarse la sangre, al ver que la mancha que había dejado el coagulo en la camiseta no se quitaba, resolvió simplemente dejar que la corriente del río se la llevara. Luego del baño con agua helada en el río y salir sin camiseta, su cuerpo, su mente y su alma, por fin se enfriaron un poco.  Regresó a la escena del crimen y al encontrarse con el difunto, simplemente se tomó la cabeza con ambas manos y comenzó a llorar, rápidamente reaccionó. No era momento de llorar, tenía que actuar y hacerlo de manera rápida e inteligente, no quería pasar el resto de sus días encerrado por lo que tomó el pequeño cuerpo de su amo, que al cargarlo sintió como si llevará un chivo muerto, pues su cabeza lánguida colgaba, pero el peso de cargar ese cuerpo, era más que nada el de la culpa, y eso lo hacía  muy pesado. Pensó en enterrarlo, descuartizarlo, o simplemente esperar a que llegaran los zopilotes a comerse el cuerpo. Estaba en medio de la naturaleza donde podían pasar días sin que nadie se apareciera, pero si no volvía rápido todos comenzarían a sospechar cosas malas,  pues esa era una vieja costumbre de los  que administraban el campo. Y sobre todo al ser dos los desaparecidos, José y el ánima que llevaba cargada en sus brazos. José nunca sabrá por qué tenía tanta prisa, tanto como para hacer lo que había hecho, como para deshacerse de la evidencia, pero así fue, parecía como si la culpa le quemara las manos, como si fuera cargando  brasas de carbón.  De tanto darle vueltas dentro de su cabeza: enterrarlo, descuartizarlo o esperar a los buitres, llegó un momento de desesperación sucedido inmediatamente por el chillido de un ave negra que a lo lejos parecía venir volando en círculos. Voló directamente hacia los dos cuerpos, era un zopilote que volaba solitario lejos de su parvada, y que venía a ver con que se iba a encontrar. José aventó al cuerpo que como un costal de arena, cayó al suelo, la lánguida cabeza rebotó un par de veces antes de quedarse quieta, junto al cuerpo oblicuo y sin forma. El zopilote lo sorprendió pues  no atacó el cuerpo, sino que comenzó a picotear a José, quien asustado salió corriendo en dirección al río con el ave revoloteándole alrededor; en uno de sus movimientos por escapar, volvió a pasar frente al cuerpo que como muñeco de trapo yacía sobre la tierra. En un solo movimiento se agachó, levanto el cuerpo como si fuera un bebé y lo apretó contra su pecho, para seguir corriendo. No se dio cuenta que el zopilote lo dejo de seguir, y como ya iba encarrerado pegó un brinco directo al río, que en un instante lo hizo desaparecer de la escena. José llevaba el cuerpo bien pegado al suyo, y aunque la caída había sido estrepitosa y había tragado mucha agua, José era muy buen nadador por lo que en cuanto pudo se estabilizo usando el cuerpo como una especie de tabla para ayudarse a mantener la cabeza afuera del agua y con ello estabilizar la respiración.  José conocía bien el río, pues de niño nadaba ahí con sus primos cuando la corriente no era fuerte, ese día era la vez que a José le había tocado navegarlo con la corriente más pesada, los golpes con las ramas le habían abierto el pecho que sangraba al mismo tiempo que el agua le limpiaba la sangre.  José ya estaba cansado de tanta sangre que había visto en las últimas horas. Luego de estabilizarse, José se dio cuenta que había logrado escapar del ave negra, pero en un momento recapacitó sobre el hecho de haberse llevado el cuerpo con él. Tomando con una mano el cuerpo y nadando con la otra logró agarrarse de un tronco grande que encontró a la orilla del río. Salió exhausto, se tiró al piso  justo debajo de un árbol, aventó el cuerpo y  se recostó con la esperanza de secarse para no tener frío. La noche amenazaba con llegar, José  con la poca fuerza que le quedaba, se fue a recargar en el tronco del árbol, sentado sobre una piedra para evitar que algún insecto le fuera a picar. Así en una especie de desvanecimiento, se quedó dormido escuchando el cauce del río.  Pasaron varias horas, hasta que ya cuando estaba obscuro, el chillar de un ave lo despertó, al principio pensó que era el zopilote, pero luego de escucharlo cantar en lo alto del árbol se dio cuenta que no lo era, era un ave pequeña que por la noche logró reconocerla. Se dio cuenta que en un punto el ave voló hasta el difunto, dio un par de brinquitos sobre su espalda, tomo vuelo y le dio un picotazo en el rostro. José se exalto a tal grado que sacó energía para levantarse y espantar al pájaro.  Era de noche, fue hasta donde yacía el cuerpo, lo intento cargar, pero se le derritió en las manos. Al final lo tuvo que arrastrar para que no se lo fuera a llevar la corriente en caso de que el río creciera en la noche, y también para estar más al pendiente de que no se lo fueran a comer los zopilotes o algún otro animal. Una vez que lo alejo de la orilla se volvió a su piedra y se recargo sobre el árbol, antes de quedarse dormido escuchó un nuevo chillido de un ave desde lo alto del árbol, pero no se parecía al chillido que antes lo había despertado, esta vez era una lechuza blanca que en lo alto parecía quedársele viendo. A José no le gustó nada la forma en que lo miraba e intento mover el brazo para espantarla, pero no logró nada con eso, por lo que mejor cerró sus ojos y sin sentirlo se volvió a quedar dormido.

A la mañana  siguiente, el campo se despertó con una fresca neblina, que confundió por completo a José, quien por un segundo alcanzo a pensar que estaba en el inframundo, pero de inmediato el sonido de un ave termino por sacarlo de su cabeza y despertarlo por completo.  Se levantó de la húmeda tierra y comenzó a caminar moviendo sus manos, intentando mover la neblina que serenamente se postraba frente a él. Caminó hasta donde había dejado el cuerpo y cuando iba llegando vio a varios pájaros salir volando; entre la neblina diviso algo blanco que voló y  que no supo si era la lechuza que había visto la noche anterior, siguió moviendo sus manos  y al estar frente al cuerpo notó que había una chachalaca, al principio pensó que era una paloma, pero al verla bien notó su tamaño y los colores de sus plumas, el ave estaba sobre el rostro del difunto dándole picotazos. Al notar la presencia de un ser humano la chachalaca solamente lo volteó a ver para luego seguir dando fuertes picotazos, José pensó en espantarla pero no lo hizo, simplemente se dio la vuelta y tomo asiento a tan solo unos metros de distancia. Sentado ahí pensó que lo mejor era volver a esa idea de dejar que los animales desaparecieran el cuerpo, e incluso comenzó a planear el discurso con el que iba a volver a la hacienda. Luego de un par de minutos la neblina comenzó a avanzar para darle lugar a un pequeño, pero intenso, rayo de luz. Cuando José regreso su mirada al cuerpo, el ave seguía buscando comida, pero ahora en su pecho, y alrededor ya estaban un par de aves más revoloteando.

José había tomado ya la decisión de dejarlo ahí, pero un impulso le hizo regresar al cuerpo para espantar las aves, como dejándolo descansar un momento de ser devorado, o como otorgándole un poco de respeto, una despedida digna, las aves luego de unos segundos ya estaban devorando otra vez el cuerpo,  José volvió a espantarlas y las aves salieron volando al sentir su presencia, pero la chachalaca, se quedó ahí mirando. José enojado al ver que no volaba se acercó más y le tiro un manotazo al aire, la chachalaca respondió volando hacia él, como atacándolo, como dándole a entender que ese cuerpo y esa alma, ahora  le pertenecían.  José ofuscado, salió corriendo y termino por dejar el cuerpo, así comenzó su andar de regreso, él conocía muy bien la zona y sabía que solo había que ir bordeando el río para volver, pero por lo aturdido que andaba y la gran cantidad de vegetación que había gracias a las lluvias, realmente no distinguía que tan lejos estaba de la hacienda, el trayecto que había hecho dentro del río pudo haberlo llevado casi hasta el siguiente pueblo, o dejarlo a la mitad. Así con esa incertidumbre comenzó a avanzar, conforme fue subiendo, la neblina desapareció por completo, las aves cantaban a su paso, mientras él en su mente las invitaba a volar hasta el cuerpo para que desintegraran lo que quedaba de evidencia. Caminó toda la mañana, hasta que en un punto se detuvo al ver un árbol lleno de higos, se comió unos diez en unos cuantos minutos, en ese momento dejó de lado su angustia y se dio cuenta de lo hambriento que estaba, luego se encontró una penca de un maguey y de ella bebió un poco de aguamiel. Una vez que recupero su esencia, José fue al río para lavarse las manos y la cara, llevaba puesto su pantalón y nada más, por lo que decidió quitárselo y meterse desnudo para limpiar su espíritu. Mientras se enjuagaba notó que un poco más lejos estaba una piedra grande donde  había tres aves, pensó si para ese entonces ya el cuerpo estaría irreconocible, se movió un poco para alcanzar a ver que hacían esas aves sobre la piedra, cuando vio que entre las tres estaba la chachalaca, juntas desgarraban un pedazo de tela, que luego reconocería que era su camisa ensangrentada. Sintió como un escalofrío le avanzo lentamente por la columna vertebral, por lo que decidió salirse del río, ponerse su pantalón y apresurar el paso para regresar cuanto antes.  Ese día no llovió, por el contrario salió un sol que calentó el ambiente y le quitó el frío a José, quien un poco más resignado, caminó por largas horas bebiendo agua del mismo río cada que le daba sed. Luego de varias horas andando y  al ver que la noche estaba por caer pensó que debía de estar muy cerca de la hacienda,  y que lo mejor sería buscar un lugar para pasar la noche y descansar un poco, y que al siguiente día antes del amanecer podría comenzar a caminar con la firme intención de llegar antes de que su amo se despertara, para con ello tener tiempo para cambiarse y presentarse ante él a primera hora.

José esa noche termino de afinar los detalles sobre la historia que iba a contar, y se convenció  que desde ese día para él eso sería la verdad. La historia debía ser simple, nada rebuscada: la corriente del río en uno de los codos se había desbordado súbitamente mientras bebían agua, el caballo, del cual no se había puesto a pensar hasta ese momento, había salido corriendo asustado para un lado y él había salido detrás de él, cuando se dio cuenta la corriente se estaba llevando a Macario, y él en su intento por salvarlo se había aventado al río. La corriente era muy fuerte y luego de unos minutos perdió de vista el cuerpo, lucho por su vida varias horas hasta que logró tomarse de un tronco y salir del río. Esa noche siguió caminando al borde del río gritando por horas el nombre de Macario, y lo único que había visto habían sido luciérnagas y una lechuza blanca, no iba a mencionar nada de aves pues no quería que su cara o sus sentimientos lo delatarán. Sabía que tenía que ser fuerte y convencerse a sí mismo primero, para luego hacerlo de manera natural con los demás, por lo que comenzó a repasar la historia. Pensando en eso el cansancio lo venció y se quedó dormido. Durante la noche le pareció escuchar el graznido de un ave varias veces y a distintas horas, pero no le quiso dar ya, ninguna importancia. Al día siguiente lo despertó el rocío de la mañana sobre su desnudo pecho, acompañado de un fino velo blanco provocado por la neblina, mucho menor a la del día anterior, tenía frío, pero no podía perder mucho tiempo si quería llegar antes de que todos se despertaran en la hacienda. Caminó menos de una hora al lado del río hasta que se desvió por la colina, desde ahí diviso la cúpula de la capilla, se persigno, le pidió perdón a Dios, y juró nunca volver a pensar lo que había pasado. Seguro de sí mismo continuó su camino, mientras la casi imperceptible neblina  lo acompañó hasta que llegó a su cuarto. Entró sin hacer ruido, se puso un pantalón limpio y aventó el que traía puesto  sobre el petate, tomó una camisa blanca de manta, y un sombrero grande, él cual no se pondría en la cabeza, sino que llevaría en sus manos hasta desvanecerse. Salió rumbo a la casa grande donde vivía el dueño de la hacienda, en eso  escuchó a lo lejos el relinchido del caballo de Macario, lo cual hacía suponer que  había regresado luego del accidente. Cuando llegó, lo recibió Jacinta la cocinera quien luego de saludarlo,  le dijo que el amo estaba en las caballerizas, que llevaban dos días buscándolos. José no le dio explicaciones a ella, mejor apresuró el paso y se fue hasta el tejaban donde guardaban los animales. Ahí se encontró con su amo, Don Javier, con la voz entrecortada, comenzó a explicarle todo. Don Javier se soltó en llanto al enterarse que su hijo estaba desaparecido, pero no perdió la esperanza de que tal vez estaba vivo. Le indicó a José que había que salir de nueva cuenta a buscarlo. José le dijo que era imposible que siguiera con vida, que lo mejor era dejar que su alma anduviera tranquila y recordarlo como un gran muchacho. Don Javier, papá del difunto como era de esperarse estaba  destrozado en llanto, en varias ocasiones como queriendo darse ánimos repitió que Macario estaba destinada a ser el sucesor de la hacienda, y que no iba a rendirse hasta encontrarlo. Cuando por fin parecía  resignado de que ya no había nada que hacer de pronto  se escuchó el graznido de un zopilote que pasó por encima de ellos  para  luego postrarse en lo más alto de la cúpula. Don Javier intuyó que el zopilote le quería dar un mensaje, y sin decir una palabra se fue caminando hasta la capilla. José llorando y tembloroso, camino detrás de él.  Justo cuando estaban por entrar a la capilla se apareció la  chachalaca que antes había estado picoteando el cuerpo de Macario, con un pequeño pedazo de tela ensangrentada colgando de su pico en forma de gancho, se postro en un árbol, los miro fijamente y dejó caer el pedazo de tela sobre el suelo para luego emitir fuertemente un graznido que retumbaría en lo más hondo de la consciencia intranquila de José. Don Javier corrió a recoger lo que había tirado, mientras que la Chachalaca y José permanecieron mirándose fijamente. José sintió de nueva cuenta el escalofrío recorrerle la espalda, y se desvaneció sobre la tierra. Don Javier ya con el pedacito de tela  en sus manos corrió hacia José y comenzó a gritar para que sus trabajadores vinieran a ayudarle.

 

SR. David Herrera el González. Julio 2021

 

 

 

 

 

 

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