FOMENTANDO LA LECTURA.
La revolución, hoy más que nunca, está en los libros.
Al abuelo le gustaba leer, para
luego compartir esos mundos, esos libros, al final, un poco de su vida. Yo lo
conocí cuando era pequeño, y sí, me regaló un libro muy bonito, El Principito, recuerdo que una tarde
salimos al jardín solo él y yo, y juntos
lo leímos en una especie de clase académica, yo en ese entonces estaba en esa etapa de preguntar todo, y él,
en una etapa por la que todo viejo pasa, en que disfrutaba explicarme
absolutamente todo lo que él sabía. Aún conservo el libro y la dedicatoria la
llevo siempre conmigo, como una especie de filosofía para la vida: “Leer es
vivir muchas vidas. Tu abuelo Raúl”. Así todos sus nietos deben de tener un
libro que él les regaló, pero no a todos les gustaba leer, recuerdo que a los más grandes les era motivo
de burla el tener que pasar la tarde con el abuelo pues a la mayoría les
parecía aburrido.
No paso mucho tiempo para que el
abuelo cambiara de domicilio, se fuera a vivir al cielo, como poéticamente lo
tomó mi mamá. Desde ese día lo imaginó sentado
en una nube con forma de mecedora, un
libro en la mano, y viéndonos acá abajo como personajes de una hermosa novela. Dicen
que de joven no leía mucho pues se la
pasaba trabajando, pero que una vez que se jubiló se dedicó casi de lleno a la
lectura. Cada miércoles, desde que se
jubiló hasta la noche en que murió siempre formó parte del “trueque del
conocimiento”, un círculo de amigos con
los que se juntaba en el café de la Alameda con el fin de intercambiar libros,
y discutir sobre ellos.
Con el paso de los años, la casa de los abuelos cambió mucho, sobre todo cuando vivía ahí la tía Jovita. Era ella quien ocupaba la mecedora y los libros, aunque por muchos años no se interesó en leer y por ende los libros estuvieron ahí regados por la casa llenándose de polvo, hasta que alguien se fijaba y los limpiaba con algún trapito. El abuelo nunca tuvo su biblioteca, era más bien de la idea de dejar libros en distintas partes de la casa para que se le fueran apareciendo a quien por ahí pasará. Yo cuando tenía unos catorce años, me encontré con un libro de tapa verde que llevaba por nombre La Novela de Violeta, estaba en el mueble del baño, junto con otros tres libros, pero por alguna extraña razón me llamó la atención ese libro en especial, lo leí en un suspiro, que duró dos tardes, nadie se dio cuenta que lo había abierto, pero a mí se me habían abierto los ojos ante un mundo del que no tenía conocimiento alguno, el placer. Lo curioso fue que cuando iba a la mitad del libro en aquella primera tarde, tuve que interrumpir la lectura, cuando comencé a buscar algún separador en las mismas páginas del libro, me encontré un billete de doscientos pesos, bien planchadito, se veía que tenía años ahí adentro, de inmediato supuse que había sido del abuelo. Lo use como separador, escondí el libro debajo de los otros y al siguiente día lo termine. Una vez concluido el libro pensé en decirle a mi tía del billete, pero una voz interna, a la que yo llamé, abuelito Raúl, me dijo que me lo quedara. Con ese dinero me compre un libro que me costó cuarenta pesos, una camiseta de los Pumas y el resto lo gasté en tres helados grandes de la nevería que acababan de abrir frente a la casa, uno de ellos fue para mi tía Jovita.
Cada que visitaba a mi tía en la
casa de los abuelos, siempre andaba en búsqueda de libros y en muchos de ellos
comencé a encontrar billetes, planchaditos, impecables, listos para usarse como
un cheque al portador, algunas veces solo eran veintes, a veces uno de
cincuenta, de cien, o en los libros más complicados solía estar el de
doscientos. Yo me quedaba con el dinero pero a cambio le hice una promesa al
abuelo: la única forma en que me puedo llevar el billete es si termino el
libro, si no lo hago, el dinero lo dejo pues no era para mí. El abuelo era muy inteligente y buscaba que todos
sus nietos lo fueran, sabía que la lectura siempre representa aprendizaje, pero
en ese entonces, en la familia solo leía yo. Me gustaba pensar que al menos el
abuelo con esos pequeños detalles había logrado fomentar la lectura en mí.
Unos años después cuando ya era un adolescente un día por
azares del destino le platique a mi tía sobre Aura, uno de los libros del abuelo que acababa de leer, ella se interesó y lo
leyó. A partir de ahí, comenzó a leer, y a leer los libros que se fue encontrando
en su camino. La lectura por las tardes sentada en la antigua mecedora del
abuelo se había convertido en su nueva costumbre, y desde que eso sucedió, yo
comencé a visitar la casa con mucha más frecuencia, nos tomábamos un café,
fumábamos un cigarro, platicábamos o simplemente nos perdíamos un par de horas
en la lectura.
Un día me dijo que acababa de leer Rayuela, y en voz muy bajita, me confesó que se había encontrado un billete de doscientos pesos, luego me dijo que parecía como si alguien lo hubiera usado como separador, y que ella creía que era una recompensa que había dejado el abuelo para el afortunado que leyera ese libro. Al principio me hice el sorprendido e incluso afirme que podía ser una estrategia del abuelo para fomentar la lectura en nosotros, pero luego de unos minutos tuve que confesarle que yo nunca había terminado ese libro y que en más de algún otro me había encontrado con billetes de distintas denominaciones, y con algo de pena admití que me había gastado ese dinero, pero que en gran parte lo había destinado para comprar más libros que yo mismo me había encargado de leer para luego hacerlos parte de la colección de libros que ahora se esconden en la casa para que algún día, alguien los descubra. Mi tía me dijo que había hecho lo correcto, pues era yo más que nadie en la familia quien merecía esa herencia que nos había dejado el abuelo, y me pidió de favor que la siguiera visitando en nuestras tardes de lectura y que nunca dejara de llevar libros a esa casa.
Hoy en día en la casa del abuelo
hay mucho más libros, los cuales ya no están regados por la casa, descansan en
un cuarto que mi tía Jovita y yo , decidimos usar como biblioteca, y la vieja mecedora donde leía mi abuelo y mi
tía, ahora es mía. Hace un par de años que la tía Jovita cambió de domicilio,
se fue a vivir con el abuelo. Pero yo todos los miércoles a través de ese
vínculo mágico de la literatura, les hago aparecer para que podamos conversar
sobre nuestras múltiples vidas.
David Herrera el González
1/7/2021.
No hay comentarios:
Publicar un comentario