EL SEÑOR DE LA CANTINA
Una maceta fue lo último que Daniel sacó de la casa, llevaba
varios días de mudanza y había dejado para el último viaje, las cosas más
pequeñas. Con mucho cuidado bajo por la escalera y como pudo se las ingenió
para abrir la puerta sin bajar la maceta. La noche era fría y en cuanto abrió
la puerta sintió ese viento gélido pegándole en la cara y en las manos que era
lo único que tenía al descubierto. En cuanto estaba por cerrar la puerta vio
que del “Puerto de Mazatlan”, que era la cantina que estaba justo enfrente de
la casa, venía saliendo un señor de edad avanzada cruzando la calle, su caminar
de pasos cortos y atolondrados daban el aspecto de que llevaba varias horas
tomando. A Daniel dicha imagen le trajo
un gran cúmulo de recuerdos pues durante todo el tiempo que vivió en esa casa, “El
Puerto” había sido como su segundo hogar. La cantidad de fiestas desenfrenadas,
juntas de negocios, citas, brindis, entre otros eventos cruzaban la mente de
Daniel mientras el señor cruzaba lentamente la calle, afortunadamente ya era
tarde y no pasaban autos, así que Daniel solamente lo observaba.
Cuando Daniel volvió a hacer el esfuerzo para cerrar la
puerta sin bajar la maceta, de pronto el señor le llamó con una voz suave y
palabras cortadas:
-Oye, tu. Si tu
A Daniel normalmente no le gustaba hablar con borrachos
cuando él no estaba en ese mismo estado, pero luego de los recuerdos que habían
cruzado su cabeza, sintió que por todas las veces que él había hecho ese
trayecto caminando de esa manera, lo menos que podía hacer era ayudar al señor.
-Ven para acá, tu eres
el joven que vive aquí verdad.
Daniel con la maceta en las manos, le dijo que sí, pero que
ya estaba por dejar la casa.
-Y tú sabes lo que
paso aquí adentro verdad.
Daniel no entendía lo que la voz entrecortada del señor le
trataba de decir, por lo que le pregunto que si se sentía bien.
-No te hagas güey, tu
viviste aquí mucho tiempo. Tu sabes lo que paso aquí. ¿Qué te dijo la señora?
Daniel había vivido con un par de personas distintas, pero
nunca con una señora por lo que no entendía muy bien lo que el señor le quería
decir, y por el contrario comenzó a desesperarse con la presencia del señor y
con el hecho de que no le dejaba cerrar la puerta y dar por terminada su
mudanza.
-Mire señor ya me
tengo que ir y yo no sé nada de ninguna señora.- Respondió Daniel.
El señor quien tenía la mirada baja hasta ese entonces,
levanto la mirada de forma amenazadora barriendo a Daniel de abajo para arriba,
cuando se encontró con su mirada le dijo con voz fuerte y clara, como si su
borrachera simplemente se disipará.
-Yo sé que tu viviste
en mi casa por más de dos años, me lo dijo el joven de la barra. Así que no te hagas pendejo. Y estoy seguro
que tu hablabas con mi esposa, su alma sigue penando en esa casa, y de seguro
ella me sigue culpando de su muerte. Dime qué tanto te dijo Jovita.
Daniel asustado al ver la reacción del señor y escuchar sus
palabras, se aterrorizo más al escuchar que la puerta de arriba se abrió de par
en par golpeándose con la pared.
-Allí estas Jovita-
gritó el viejo. Ven para que le digas a este joven como fueron las cosas en
realidad, yo no te maté, tú te querías morir y si te colgaste en los ganchos de
la azotea fue culpa tuya y no mía. -
Daniel comenzó a desesperarse al pensar que el señor estaba
loco y que tanto alcohol que se había metido, habían terminado por volverlo aún
más, por lo que le dijo:
-Mire señor, yo no sé
nada de lo que me está hablando y la verdad que ya me tengo que ir, por lo que
le voy a pedir de favor que se mueva y me deje cerrar las puertas, que ya me
tengo que ir.-
Daniel puso la maceta en el suelo y se abalanzo a las
escaleras moviendo al señor con un ligero jaloncito de hombros. Subió
rápidamente para cerrar la puerta de arriba. Cuando venía regresando se dio
cuenta que el señor intentaba subir las escaleras, pero su estado de ebriedad
no le permitió subir más de cuatro escalones hasta que cayó al suelo. Al
momento de caer se escuchó un tremendo golpe que hizo que Daniel se espantara
pensando que se había pegado en la cabeza. Corrió a levantarlo y se sorprendió
al ver que el señor seguía hablando desde el piso.
-No te hagas chamaco,
yo estoy seguro que tu escuchabas los ruidos en la casa-
En ese momento Daniel recordó la cantidad de veces que los
ruidos de la casa le sacaron un susto a él, o a las demás personas que la
habitaron, las veces que se auto tranquilizaba diciendo que eran las corrientes
de aire que entraban por la gran cantidad de ventanas; mientras tomaba la mano
fría del señor para ayudarlo a levantarse, sintió un tremendo escalofrío
bajando por su espina dorsal.
-Pinche vieja, ¿algún
día nos vas a dejar en paz?- Gritó
el señor todavía desparramado sobre las escaleras.
Daniel luego de ayudarlo a ponerse en pie, lo saco a empujones
de la casa y por fin pudo cerrar la puerta que da a la calle. Con la escena del
señor tambaleándose frente a la casa y una maceta tirada en la banqueta, decidió
que lo mejor era meter la maldita maceta al auto, que estaba a la vuelta de la
esquina y luego regresaría para hablarle a un taxi, o a la policía en caso de
ser necesario, para que se llevaran al señor.
Cuando Daniel venía regresando de llevar la maceta, con la
cara sudorosa, a pesar del frío, y con las manos más heladas que antes, se dio
cuenta que el señor ya se había ido. Al principio pensó en ir a buscarlo, pero
el miedo que lo invadía, así como las ganas de descansar al final lo
convencieron de que lo mejor era dejar que el viejo se las arreglará solo. Ya
estaba por volver al coche, pero una curiosidad sobrenatural le hizo ir a
preguntar al Puerto para ver que sabían sobre ese señor, pues pensó que tal vez
era uno de esos borrachos que solían visitar habitualmente la cantina, pero las
palabras de Fabián Antonio, el dueño de la cantina, lo dejaron con menos
aliento que con el que había entrado a la cantina.
-Ora, pues de cuál te
metiste mi Dany, aquí no ha venido ningún señor hoy, solo hemos tenido estas
dos mesas. Por cierto, ya acabaste de mover tus cosas, se me hace que estas
alucinando de tantas cosas que tenías, o a lo mejor te hace falta un trago.
Y volteando hacia la barra dijo:
- Sírvanle una chela
al compa.
Daniel rechazó la cerveza, con la cabeza llena de dudas y de
inseguridades se fue a dormir a su nueva casa. Dicha casa estaba aún vacía pues
los de la mudanza llegarían con todos los muebles hasta el día siguiente; esa
noche los ruidos y crujidos de la nueva casa eran tan constantes que impidieron
que Daniel conciliara el sueño en toda la noche.
Somnoliento Rodríguez.
Enero 2021. (en memoria de la casa de José Ma y larga vida
al Puerto de Mazatlán.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario