La tercera es la
vencida.
José Daniel de treinta y cinco
años, media un metro con ochenta centímetros y la última vez que se había pesado la aguja
de la báscula había salido disparada para finalmente detenerse en ciento veinticinco
kilogramos. Desde hace un par de años se
la había dicho que padecía de obesidad mórbida, y ante la reinante situación de
la pandemia debido al virus del Covid 19.3 él era considerado un elemento de
alto riesgo dado su sobrepeso excesivo. José Daniel por el contrario era uno de
esos tipos que negaban cualquier cuestión relacionada con el virus, era de los
que decían que era una conspiración de los ricos sometiendo al pueblo, o un
experimento social de muy mal gusto, pero en el fondo su actitud era una forma
de evadir el miedo al hecho de ser el
blanco perfecto para que esta enfermedad
se convirtiera en algo fatal. Llevaba una vida bastante sedentaria, era
soltero, vivía en casa de sus padres, tenía un auto, trabajaba en un despacho
de contadores desde hace ya varios años, y la mayor parte de su sueldo la destinaba a
andar deambulando por la ciudad descubriendo lugares para comer rico, nunca
escatimaba en comida. Desde que comenzó la pandemia se fue a trabajar desde
casa con el famoso home office, y el hecho de estar en casa todo el tiempo lo
volvió más sedentario y más obeso de lo que ya era.
Luego de un año de estar
trabajando en casa, José comenzó a fatigarse más cuando tenía que salir a
caminar, y sobre todo cuando le tocaba subir escaleras. En un punto, en su
ciudad comenzaron a aplicar las vacunas, le primera reacción de José Daniel,
fue decir que él nunca se iba a poner esa vacuna, y mucho menos luego de ver
que a varias personas que se las habían aplicado, les habían presentado algunos
efectos secundarios, incluso llegó a tener altercados en las juntas virtuales
con varios de sus compañeros de trabajo, por su negativa a aplicarse la vacuna.
Hasta que en un punto la orden vino de arriba, quien no estuviera vacunado no
podría regresar al trabajo presencial, y desde ese momento el trabajo desde
casa estaba concluido, es decir estaban obligando a todos, incluyendo a José
Daniel a ponerse la vacuna si quería seguir trabajando en el despacho.
Luego de casi diez años
trabajando en ese despacho, y debido a su vida monótona y sedentaria, José
Daniel no estaba dispuesto a poner en riesgo su estabilidad económica, ni mucho
menos el poder darse el gusto de comer lo que se le antojara en el momento que
se le antojara. Así que en cuanto se
anunció que la campaña de vacunación para personas de treinta a cuarenta años, fue a ponerse la primera dosis. Cuando fue a
vacunarse el servicio del personal de gobierno, incluyendo a los soldados fue
mejor de lo que él esperaba, la inyección casi no le dolió y salió bastante
tranquilo rumbo a su casa, al regreso mientras caminaba hasta su auto, comenzó
a sentir que perdía el aire más que de costumbre y para en la noche ya
presentaba un cuadro de gripa bastante fuerte, un efecto secundario añadido a
la aplicación de la vacuna china. Luego de una semana de sentirse muy cansado y
de casi no tener apetito ni olfato, José Daniel se debilito, los primeros días
presento una tos muy fuerte y una ligera dificultad para respirar que por
algunos momentos lo hicieron pensar que iba
a terminar en el hospital, cosa que lo asustaba de sobre manera.
Afortunadamente luego de una semana comenzó a sentirse mucho mejor, la tos
desapareció, la fatiga disminuyo, el olfato regreso, y el apetito se mejoró por
lo que de inmediato volvió a comer, incluso más que antes, un poco tapando el
nervio que le daba ser un elemento de riesgo, y
otro poco celebrando que ya se sentía mejor y se podía permitir ciertos
lujitos extras como comprarse una pieza de pan antes de dormir, o tomar un
plato grande de cereal cada que llegaba a su casa.
Luego de dos meses se anunció que
las personas de treinta a cuarenta años
podían pasar de nueva cuenta al salón de usos múltiples para recibir la
segunda vacuna, José Daniel volvió a sentirse nervioso, no quería volver a
enfermarse como la primera vez, pero lo consolaba la idea de saber que una vez
ya vacunado sería más difícil que el Covid 19.3 lo fuera a matar. Ese día José
Daniel siguiendo las recomendaciones no llegó con el estómago vacío, pero como
decidió llegar temprano no alcanzo a
pasar a las gorditas que le quedaban en camino pues la señora habría hasta las
diez, pero si frenó en una cafetería para tomarse un café y una concha con nata
para no ir con el estómago vacío con la promesa a si mismo de luego de ponerse
la segunda dosis pasar a comprarse un par de gorditas como premio y también con
la idea de aumentar sus defensas pues no quería volver a sentirse mal. Así fue que llegó temprano, la fila de afuera
todavía era pequeña y rápidamente paso a la sala donde estaban todas las
sillas, ahí había un poco más de gente, pero todo iba muy bien organizado como
hace dos meses, a José Daniel le toco unas diez filas antes de pasar a los
escritorios. Pero para su sorpresa al
momento de sentarse en la silla que le tocaba esta se despedazo, José Daniel cayó
como si fuera un costal de papas y se golpeó la espalda y la cadera, de inmediato
la persona encargada de avisar que fueran avanzando a la siguiente silla, se
acercó para ayudar a levantarlo, el estruendo fue tal, que todos en el salón lo
notaron, José Daniel alcanzo a escuchar entre su dolor, la exclamación de la
gente, seguida por algunas risas perdidas a lo largo de la sala, un par de
ellas de dos personas que venían
entrando detrás de él y que sonaron bastante exageradas, estas provenían de un
par de chicos que en apariencia eran mucho más jóvenes que él. José Daniel con
la pena, se aguantó el dolor y simplemente se fue a sentar con todo el cuidado
a la siguiente fila pues ya le había tocado avanzar, una vez que se sentó
sintió un tirón en la parte baja de la espalda, y cuando disimuladamente se
intentó sobar, se dio cuenta que a los jóvenes risueños les había tocado justo
detrás de él, pues al verlo sobarse volvieron a reír fuertemente. José Daniel
giro un poco su cuello y les tiró una mirada retadora, los jóvenes evadieron la
mirada mientras intentaban controlar su risa, pero no con mucho éxito, así José
Daniel avanzó un par de filas más pero cada vez que hacía esfuerzo para
levantarse o para sentarse le dolía más la cadera; cuando volvieron a indicar
que había que avanzar José intento hacerlo de lado y lentamente, pero al final
cuando sintió el pellizco en su cadera, dejo caer todo su cuerpo desplomando
por segunda ocasión una silla. De nueva cuenta el estruendo, José Daniel no cayo
tan fuertemente como la primera vez, pero la silla había que cambiarla, el
encargado volvió un poco molesto pues era la segunda silla que tenía que
cambiar, pero también intentando ser comprensivo, volvió a preguntarle que si
estaba bien, y a decirle que por favor se moviera con cuidado. Todos en la sala
se dieron cuenta de esta segunda escena, hubo más risas que la primera vez,
pero lo que José Daniel escuchaba por sobre todas las cosas eran las tremendas
carcajadas de los jóvenes quienes hacían todo lo posible por controlarse pero
sin tener éxito. José Daniel esta segunda vez se levantó y ya no le importo disimular
su dolor, comenzó a sobarse y sintiéndose extremadamente mal, hizo como si nada
hubiera pasado, como si no se hubiera dado cuenta que todos lo habían visto y
sobre todo como si no escuchara las risas que justo detrás de él se les
escapaban al par de jóvenes. El tono de
su cara se puso un poco rojo, en parte por la pena, en parte por el coraje de
estar poniéndose una vacuna contra algo que el negaba, y en parte por las ganas
de matar a los dos jóvenes. Así avanzó José Daniel las siguientes filas, con
mucho cuidado, tratando de hacerse más ligero que una pluma cada vez que
inclinaba su cuerpo hacía abajo para sentarse. En la penúltima fila antes de
estar frente al escritorio José Daniel comenzó a revisar sus documentos para
tenerlos listos al momento de pasar, cuando cerró el folder de inmediato notó
que todos avanzaban a la última silla, cuando se levantó vio que en el suelo
había una rondana y un tornillo, por su
cabeza cruzó que ese tornillo debía de ser de alguno de los idiotas que venían
atrás todavía intentando no reírse. Se sentó con mucho cuidado mientras
esperaba que le tocará frente alguno de los funcionarios públicos, cuando a lo
lejos se escuchó que le dijeron, señor pase por aquí por favor, José Daniel
apretó su folder con la mano izquierda y cuando hizo el esfuerzo por
levantarse, por increíble que parezca, rompió la tercera silla del día. Esta
vez las carcajadas no fueron solamente las de los jóvenes, sino la de la gran
mayoría de las personas que estaban presentes, José Daniel deseaba que se lo
tragara la tierra, ya no le importaba nada. Cuando levantó la mirada se dio
cuenta que en esta ocasión había muchas manos que entre risas intentaban
ayudarle a levantarse, cuando hizo el esfuerzo por hacerlo notó que el dolor en
la cadera había aumentado y que al momento de caer con el folder en la mano, se
había lastimado la muñeca por lo que en el primer intento de levantarlo se les
cayó de nueva cuenta. Los dos jóvenes que venían atrás, dejaron un poco sus
carcajadas pero todavía con la sonrisa de oreja a oreja lo ayudaron a
levantarse poniéndose de frente y tomándolo de debajo de las axilas, y con la
ayuda de otras manos lograron levantarlo. José Daniel, apenado, les dio las
gracias, a lo que uno de los jóvenes risueños le dijo, -ahora sí que traes mala
suerte amigo, tres sillas en un mismo día-,
José asintió con la cabeza moviéndola de lado al lado, con una cara de
desaprobación a él mismo, y repitió las gracias. El otro joven se agacho y tomó
el tornillo del suelo y mientras el encargado se llevaba la silla le dijo:
-este tornillo ya estaba tirado desde antes de que se sentará, esta no fue su
culpa, la tercera ya estaba vencida-.
José Daniel hizo una sonrisa por demás
fingida, y sacudiéndose el pantalón, el dolor y la vergüenza se acercó al
escritorio del servidor público, donde ya no hizo por sentarse, por el
contrario, aun pensando en las palabras del joven, dijo inconscientemente en voz muy bajita, la tercera será la vencida. Entrego sus
papeles, mostro su credencial y de inmediato lo pasaron a que le pusieran la
vacuna sin tener que pasar a hacer la siguiente zona de fila de sillas, una vez
ya vacunado tuvo que esperar diez minutos para ver si no tenía alguna reacción,
José Daniel lo hizo de pie recargado contra la misma puerta por donde fue que salió en cuanto la enfermera le
dio la aprobación, y ante las miradas sonrientes de muchos, dejo el salón
caminando muy adolorido de la cadera y con un pequeño esguince en la mano.
Su decepción no hizo más que
abrirle un poco más el apetito que de
costumbre, por lo que desde que llego con la señora de las gorditas, le pidió
tres de las fritas y con queso. Mientras
se las comía reflexionaba sobre el ridículo que había pasado y se
cuestionaba por qué le había tocado
vivir esa experiencia tan traumática, por otro lado sus sentimientos lo
confundían al pensar en la bondad de los dos jóvenes que lo habían terminado
por levantar luego de haberlo hecho sentir tan mal con sus risas. José Daniel le dio un último trago a su
segunda coca cola para pasarse el último
bocado y se fue en su coche derechito a su casa donde no platico nada de lo
sucedido. Al final no tuvo ningún efecto secundario después de su segunda vacuna y tardo unos cuantos días en
recuperarse de los golpes en la cadera y su muñeca.
Un par de semanas después, un día
cuando regresaba de su hora de desayuno y volvía a su escritorio en el despacho,
José recibió una notificación en su computadora donde apareció un comunicado
oficial del gobierno con un anuncio que
posteriormente aparecería en todos los medios locales, donde se daba a conocer que
las personas que se habían puesto la vacuna china, iban a necesitar una tercera
dosis, bajo el eslogan publicitario de “La tercera es la vencida”.
David Herrera El
González con SR.
13/9/21.
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