jueves, 25 de noviembre de 2021

La tercera es la vencida.

 

La tercera es la vencida.

 

José Daniel de treinta y cinco años, media un metro con ochenta centímetros  y la última vez que se había pesado la aguja de la báscula había salido disparada para finalmente detenerse en ciento veinticinco kilogramos. Desde  hace un par de años se la había dicho que padecía de obesidad mórbida, y ante la reinante situación de la pandemia debido al virus del Covid 19.3 él era considerado un elemento de alto riesgo dado su sobrepeso excesivo. José Daniel por el contrario era uno de esos tipos que negaban cualquier cuestión relacionada con el virus, era de los que decían que era una conspiración de los ricos sometiendo al pueblo, o un experimento social de muy mal gusto, pero en el fondo su actitud era una forma de evadir el miedo  al hecho de ser el blanco perfecto  para que esta enfermedad se convirtiera en algo fatal. Llevaba una vida bastante sedentaria, era soltero, vivía en casa de sus padres, tenía un auto, trabajaba en un despacho de contadores desde hace ya varios años,  y la mayor parte de su sueldo la destinaba a andar deambulando por la ciudad descubriendo lugares para comer rico, nunca escatimaba en comida. Desde que comenzó la pandemia se fue a trabajar desde casa con el famoso home office, y el hecho de estar en casa todo el tiempo lo volvió más sedentario y más obeso de lo que ya era.

Luego de un año de estar trabajando en casa, José comenzó a fatigarse más cuando tenía que salir a caminar, y sobre todo cuando le tocaba subir escaleras. En un punto, en su ciudad comenzaron a aplicar las vacunas, le primera reacción de José Daniel, fue decir que él nunca se iba a poner esa vacuna, y mucho menos luego de ver que a varias personas que se las habían aplicado, les habían presentado algunos efectos secundarios, incluso llegó a tener altercados en las juntas virtuales con varios de sus compañeros de trabajo, por su negativa a aplicarse la vacuna. Hasta que en un punto la orden vino de arriba, quien no estuviera vacunado no podría regresar al trabajo presencial, y desde ese momento el trabajo desde casa estaba concluido, es decir estaban obligando a todos, incluyendo a José Daniel a ponerse la vacuna si quería seguir trabajando en el despacho.

Luego de casi diez años trabajando en ese despacho, y debido a su vida monótona y sedentaria, José Daniel no estaba dispuesto a poner en riesgo su estabilidad económica, ni mucho menos el poder darse el gusto de comer lo que se le antojara en el momento que se le antojara.  Así que en cuanto se anunció que la campaña de vacunación para personas de treinta a cuarenta años,  fue a ponerse la primera dosis. Cuando fue a vacunarse el servicio del personal de gobierno, incluyendo a los soldados fue mejor de lo que él esperaba, la inyección casi no le dolió y salió bastante tranquilo rumbo a su casa, al regreso mientras caminaba hasta su auto, comenzó a sentir que perdía el aire más que de costumbre y para en la noche ya presentaba un cuadro de gripa bastante fuerte, un efecto secundario añadido a la aplicación de la vacuna china. Luego de una semana de sentirse muy cansado y de casi no tener apetito ni olfato, José Daniel se debilito, los primeros días presento una tos muy fuerte y una ligera dificultad para respirar que por algunos momentos lo hicieron pensar que iba  a terminar en el hospital, cosa que lo asustaba de sobre manera. Afortunadamente luego de una semana comenzó a sentirse mucho mejor, la tos desapareció, la fatiga disminuyo, el olfato regreso, y el apetito se mejoró por lo que de inmediato volvió a comer, incluso más que antes, un poco tapando el nervio que le daba ser un elemento de riesgo, y  otro poco celebrando que ya se sentía mejor y se podía permitir ciertos lujitos extras como comprarse una pieza de pan antes de dormir, o tomar un plato grande de cereal cada que llegaba a su casa.

Luego de dos meses se anunció que las personas de treinta a cuarenta años  podían pasar de nueva cuenta al salón de usos múltiples para recibir la segunda vacuna, José Daniel volvió a sentirse nervioso, no quería volver a enfermarse como la primera vez, pero lo consolaba la idea de saber que una vez ya vacunado sería más difícil que el Covid 19.3 lo fuera a matar. Ese día José Daniel siguiendo las recomendaciones no llegó con el estómago vacío, pero como decidió llegar temprano  no alcanzo a pasar a las gorditas que le quedaban en camino pues la señora habría hasta las diez, pero si frenó en una cafetería para tomarse un café y una concha con nata para no ir con el estómago vacío con la promesa a si mismo de luego de ponerse la segunda dosis pasar a comprarse un par de gorditas como premio y también con la idea de aumentar sus defensas pues no quería volver a sentirse mal.  Así fue que llegó temprano, la fila de afuera todavía era pequeña y rápidamente paso a la sala donde estaban todas las sillas, ahí había un poco más de gente, pero todo iba muy bien organizado como hace dos meses, a José Daniel le toco unas diez filas antes de pasar a los escritorios. Pero para su sorpresa  al momento de sentarse en la silla que le tocaba esta se despedazo, José Daniel cayó como si fuera un costal de papas y se golpeó la espalda y la cadera, de inmediato la persona encargada de avisar que fueran avanzando a la siguiente silla, se acercó para ayudar a levantarlo, el estruendo fue tal, que todos en el salón lo notaron, José Daniel alcanzo a escuchar entre su dolor, la exclamación de la gente, seguida por algunas risas perdidas a lo largo de la sala, un par de ellas  de dos personas que venían entrando detrás de él y que sonaron bastante exageradas, estas provenían de un par de chicos que en apariencia eran mucho más jóvenes que él. José Daniel con la pena, se aguantó el dolor y simplemente se fue a sentar con todo el cuidado a la siguiente fila pues ya le había tocado avanzar, una vez que se sentó sintió un tirón en la parte baja de la espalda, y cuando disimuladamente se intentó sobar, se dio cuenta que a los jóvenes risueños les había tocado justo detrás de él, pues al verlo sobarse volvieron a reír fuertemente. José Daniel giro un poco su cuello y les tiró una mirada retadora, los jóvenes evadieron la mirada mientras intentaban controlar su risa, pero no con mucho éxito, así José Daniel avanzó un par de filas más pero cada vez que hacía esfuerzo para levantarse o para sentarse le dolía más la cadera; cuando volvieron a indicar que había que avanzar José intento hacerlo de lado y lentamente, pero al final cuando sintió el pellizco en su cadera, dejo caer todo su cuerpo desplomando por segunda ocasión una silla. De nueva cuenta el estruendo, José Daniel no cayo tan fuertemente como la primera vez, pero la silla había que cambiarla, el encargado volvió un poco molesto pues era la segunda silla que tenía que cambiar, pero también intentando ser comprensivo, volvió a preguntarle que si estaba bien, y a decirle que por favor se moviera con cuidado. Todos en la sala se dieron cuenta de esta segunda escena, hubo más risas que la primera vez, pero lo que José Daniel escuchaba por sobre todas las cosas eran las tremendas carcajadas de los jóvenes quienes hacían todo lo posible por controlarse pero sin tener éxito. José Daniel esta segunda vez se levantó y ya no le importo disimular su dolor, comenzó a sobarse y sintiéndose extremadamente mal, hizo como si nada hubiera pasado, como si no se hubiera dado cuenta que todos lo habían visto y sobre todo como si no escuchara las risas que justo detrás de él se les escapaban al par de jóvenes.  El tono de su cara se puso un poco rojo, en parte por la pena, en parte por el coraje de estar poniéndose una vacuna contra algo que el negaba, y en parte por las ganas de matar a los dos jóvenes. Así avanzó José Daniel las siguientes filas, con mucho cuidado, tratando de hacerse más ligero que una pluma cada vez que inclinaba su cuerpo hacía abajo para sentarse. En la penúltima fila antes de estar frente al escritorio José Daniel comenzó a revisar sus documentos para tenerlos listos al momento de pasar, cuando cerró el folder de inmediato notó que todos avanzaban a la última silla, cuando se levantó vio que en el suelo había una rondana y un tornillo,  por su cabeza cruzó que ese tornillo debía de ser de alguno de los idiotas que venían atrás todavía intentando no reírse. Se sentó con mucho cuidado mientras esperaba que le tocará frente alguno de los funcionarios públicos, cuando a lo lejos se escuchó que le dijeron, señor pase por aquí por favor, José Daniel apretó su folder con la mano izquierda y cuando hizo el esfuerzo por levantarse, por increíble que parezca, rompió la tercera silla del día. Esta vez las carcajadas no fueron solamente las de los jóvenes, sino la de la gran mayoría de las personas que estaban presentes, José Daniel deseaba que se lo tragara la tierra, ya no le importaba nada. Cuando levantó la mirada se dio cuenta que en esta ocasión había muchas manos que entre risas intentaban ayudarle a levantarse, cuando hizo el esfuerzo por hacerlo notó que el dolor en la cadera había aumentado y que al momento de caer con el folder en la mano, se había lastimado la muñeca por lo que en el primer intento de levantarlo se les cayó de nueva cuenta. Los dos jóvenes que venían atrás, dejaron un poco sus carcajadas pero todavía con la sonrisa de oreja a oreja lo ayudaron a levantarse poniéndose de frente y tomándolo de debajo de las axilas, y con la ayuda de otras manos lograron levantarlo. José Daniel, apenado, les dio las gracias, a lo que uno de los jóvenes risueños le dijo, -ahora sí que traes mala suerte amigo, tres sillas en un mismo día-,  José asintió con la cabeza moviéndola de lado al lado, con una cara de desaprobación a él mismo, y repitió las gracias. El otro joven se agacho y tomó el tornillo del suelo y mientras el encargado se llevaba la silla le dijo: -este tornillo ya estaba tirado desde antes de que se sentará, esta no fue su culpa, la tercera ya estaba vencida-. José Daniel  hizo una sonrisa por demás fingida, y sacudiéndose el pantalón, el dolor y la vergüenza se acercó al escritorio del servidor público, donde ya no hizo por sentarse, por el contrario, aun pensando en las palabras del joven,  dijo inconscientemente en voz muy bajita, la tercera será la vencida. Entrego sus papeles, mostro su credencial y de inmediato lo pasaron a que le pusieran la vacuna sin tener que pasar a hacer la siguiente zona de fila de sillas, una vez ya vacunado tuvo que esperar diez minutos para ver si no tenía alguna reacción, José Daniel lo hizo de pie recargado contra la misma puerta por  donde fue que salió en cuanto la enfermera le dio la aprobación, y ante las miradas sonrientes de muchos, dejo el salón caminando muy adolorido de la cadera y con un pequeño esguince en la mano.

Su decepción no hizo más que abrirle un poco más el apetito  que de costumbre, por lo que desde que llego con la señora de las gorditas, le pidió tres de las fritas y  con queso. Mientras se las comía reflexionaba sobre el ridículo que había pasado y se cuestionaba  por qué le había tocado vivir esa experiencia tan traumática, por otro lado sus sentimientos lo confundían al pensar en la bondad de los dos jóvenes que lo habían terminado por levantar luego de haberlo hecho sentir tan mal con sus risas.  José Daniel le dio un último trago a su segunda  coca cola para pasarse el último bocado y se fue en su coche derechito a su casa donde no platico nada de lo sucedido. Al final no tuvo ningún efecto secundario después de  su segunda vacuna y tardo unos cuantos días en recuperarse de los golpes en la cadera y  su muñeca.

Un par de semanas después, un día cuando regresaba de su hora de desayuno y volvía a su escritorio en el despacho, José recibió una notificación en su computadora donde apareció un comunicado oficial del gobierno con un  anuncio que posteriormente aparecería en todos los medios locales, donde se daba a conocer que las personas que se habían puesto la vacuna china, iban a necesitar una tercera dosis, bajo el eslogan publicitario de  “La tercera es la vencida”.

 

 

David Herrera El González con SR.

13/9/21.

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