LA LLAVE DE CRISTAL.
-Bueno chicos, pues si los voy a recibir y se pueden quedar toda la
semana, solo me tiene que ayudar un poco con las labores de reparación dentro
del hotel, y una segunda cosa, su cuarto tiene esta llave, se las voy a
encargar mucho, porque resulta que estas llaves son muy antiguas, y aquí ya no
se consiguen, para reponerlas se tendrían que mandar hacer el duplicado del
otro lado de la frontera, y eso además de dinero, implica mucho tiempo y
estamos a tan solo quince días de arrancar la temporada alta aquí en la isla-.
Eso nos dijo Paul la primera
noche que pasamos en una de las lujosas habitaciones de su pequeño hotel. Yo
andaba acompañado de Joana, una amiga y de su novio Rodrigo. Para nosotros fue
una excelente noticia el tener una habitación por la que no íbamos a tener que
pagar, y que además de todo era una habitación amplia y bien distribuida, con
cocina, baño propio y aire acondicionado. Mi amiga y su novio tomaron la
habitación principal y me dejaron la de las camas individuales. Así pasaron
unos días, donde la verdad la pasamos muy bien, por momentos nos poníamos a
trabajar, yo lo hacía con la computadora, y otros momentos nos dedicábamos a
ayudarle a Paul con algunas cuestiones de mantenimiento del hotel, pintamos
algunas puertas, barnizamos unos muebles, arreglamos el jardín, y cosas así,
pero casi siempre nos dábamos una parte del día para irnos a disfrutar de la
playa.
Uno de esos días mientras
disfrutábamos la playa, sentados en una sombra, de pronto se acercaron tres
extranjeras y nos dijeron que si se podían sentar con nosotros para aprovechar
la sombra. Al principio nos incomodó un poco que vinieran justamente a ponerse
junto a nosotros, pero luego de unos minutos y del ofrecimiento de cigarros y
cervezas, todos quedamos contentos. De inmediato sentí simpatía por una de
ellas, Cristine, ella se reía de mis malos chistes y yo de los que ella
contaba; sin querer después de unos minutos terminamos sentándonos juntos. Fue
una tarde bastante amigable que duro poco pero afortunadamente alcanzamos a intercambiar
contactos, los cuales fueron el teléfono de su hotel y nuestros correos
electrónicos. Ellas se quedaban dos días más y a nosotros nos quedaban todavía cuatro
días, pero por un momento supuse que ya no las volveríamos a ver, pero al menos
sabía que me quedaba con el e-mail de Cristine para en un futuro ir a visitarla
o invitarla a mi país.
Al día siguiente nos levantamos
temprano para irnos a nadar al mar, por la tarde nos pusimos a barnizar unas
sillas. Para mi pintar y barnizar era una actividad que me relajaba mucho y me
hacía olvidarme de los problemas del dinero y de las ocupaciones laborales,
pero una vez que terminé de barnizar las seis sillas de una de las
habitaciones, recordé que tenía que revisar mi correo para ver si no me había
escrito mi jefe. Para mi sorpresa la bandeja de entrada, me dijo que tenía
cinco correos nuevos, tres de ellos parecían ser publicitarios, otro de mi jefe
y por sorprendente que parezca, el otro era de Cristine. De inmediato y sin
pensarlo abrí el de ella quien me saludaba y remarcaba que le había dado mucho
gusto conocerme, decía que como era su última noche iban a salir a un barecito
que quedaba cerca de su hotel que se llamaba la Taberna, y que nos hacían
extensiva la invitación para que nosotros tres las acompañáramos. Mi emoción fue tanta, que me olvide por unos
minutos de leer el correo que había enviado mi jefe quien me regañaba por el
atraso en los reportes y por los errores que hasta el momento había detectado
en mi trabajo, pero a mí la verdad que no me intereso, -maldito viejillo, el fin de semana le acabaré sus reportes para que
deje de estar molestando-. De inmediato fui a avisarles a Joana y a
Rodrigo, pero ellos no se interesaron de la misma manera que yo, casi no les
quedaba dinero, pero dijeron que tal vez irían solo por el hecho de saludar a
las chicas. Yo baje emocionado a preguntarle a Paul, donde quedaba el bar que
ellas me habían mencionado en el correo, Paul me explico que quedaba justamente
del otro lado de la isla, que para ir en bicicleta eran como cuarenta minutos,
pero que caminando era más de una hora. Me pareció algo lejano, pero mi
entusiasmo por ver a Cristine era tanto que de inmediato supe que una hora
caminando no era nada con tal de volver a ver su sonrisa. Así que subí al
cuarto a decirles la mala noticia con respecto a la distancia del bar, y al ver
su expresión, de inmediato supe que ellos no iban a ir, por lo que tendría que
irme yo solo. Mire mi reloj, quedaba como una hora antes de que se metiera el
sol, sabía que para no perderme era mejor salir rápido, me di un baño lo más
rápido que pude, me arregle las barbas, y hasta me peine los rulos. Antes de
salir hablé con los chicos, acordamos que como ellos ya no iban a salir, yo me
llevaba las llaves. Al bajar, en la entrada, me encontré con Paul quien
amablemente salió del hotel para indicarme la dirección que debía tomar, y
después de eso, comencé a caminar. Me tocó la última parte del atardecer cuando
los tonos rosa-morados del cielo, se convierten en azul-negro. Justo alcance a
ver la última parte de la circunferencia del sol brillando en tonos
rojo-naranja en lontananza. Caminé por la playa sintiendo la brisa del mar en
mi cara, pero cuando ya estaba todo obscuro decidí seguir caminando por la calle.
Cando el cansancio comenzaba a desesperarme llegué a una parte de la isla donde
había movimiento de gente lo cual me hizo distraerme un poco, había algunas tiendas
de recuerdos, la oficina de correos, una cafetería y al fondo de una pequeña
plaza comercial, estaba el bar “La Taberna de la Isla”. De inmediato entré para asomarme, no había
mesas ocupadas, solo una pareja de señores de edad avanzada quienes
románticamente se tomaban las manos mientras en su mesa descansaba una botella
de vino tinto; pregunté a uno de los meseros si no habían llegado tres
extranjeras y me dijo que no, pero me ofreció pasar, le dije que prefería esperarlas
afuera, pero en realidad era porque no tenía mucho dinero como para estar
consumiendo. Así que mientras llegaban me fui a la playa, a ver la luna y a
escuchar las olas del mar, pero no paso mucho tiempo para que los mosquitos se
apoderaran de la playa y me hicieran regresar. Me senté en una banquita,
encendí un cigarro y me quedé mirando a la gente que caminaba por ahí, paso una
media hora hasta que volví a asomarme al bar, pero todavía no llegaban, por un
momento pensé que tal vez las chicas habían cambiado de opinión y yo había sido
el único idiota que había asistido a la Taberna. Paso otra media hora y nada,
hasta que a lo lejos escuché un murmullo como de mucha gente platicando, pero
se escuchaban como voces de hombres, hasta que en medio de esas voces de pronto
distinguí la risa de Cristine. De inmediato me puse feliz, pero lo que no me
dio buena espina fue que vinieran acompañadas.
Me acerqué a saludarlos. –Luis si
te animaste a venir, dónde están los otros chicos- me preguntaron. Les explique que ellos estaban
cansados y que ya no quisieron salir pero que mandaban saludos, nunca mencione
que había tenido que caminar más de una hora para llegar hasta el bar. Luego de
los saludos y de que me presentaran a los dos arrogantes tipos, de los cuales
no me grabe ni sus nombres, entramos a la Taberna; una vez que entramos me
encontré con que ya había más gente en el bar, pero justamente en ese momento los
señores enamorados que había visto cuando llegue, pidieron su cuenta, a partir
de ese momento, el lugar comenzó a llenarse de pura gente joven. Mis
intenciones eran obviamente las de estar cerca de Cristine, pero uno de los
tipos parecía tener las mismas intenciones que yo. Así que por momentos sentía
como si estuviéramos compitiendo por quedar bien, en un momento me fastidié y
mejor comencé a platicar con las otras chicas y con el otro chico. Tengo que
admitir que por momentos me arrepentí de haber ido hasta allá, pero en una de
las ocasiones en que el joven arrogante se paró al baño, Cristine de inmediato
se cambió de silla y se puso junto a mí. –Ya
me cansó este muchacho, es tan egocéntrico y arrogante. En cuanto dijo eso,
mi cara volvió a sonreír. Cristine ya no se regresó a su silla, y se quedó
junto a mí, allí estuvimos platicando y riendo, hasta que en un punto noté que
el otro tipo ya mejor había comenzado a platicar con el otro tipo. Así pasaron
varias horas y varias cervezas, yo no llevaba mucho dinero, pero sabía que
tenía suficiente para pagar mi cuenta e incluso la de Cristine si fuera
necesario, pero de cualquier manera comencé a tomar más lento.
Ya después de la media noche, se
nos ocurrió preguntar la hora en que cerraba la taberna, a la una por lo que faltaban
quince minutos, pedimos la cuenta y Cristine me dijo que si la acompañaba a
fumar un cigarro mientras tanto. Una vez
afuera la atmosfera era deliciosa, ella ya un poco tomada me dijo que nunca
había conocido a alguien como yo, que desde un principio sintió algo especial,
y que era una lástima que ya fuera su última noche, yo le dije lo mismo. Luego
de los halagos y del cigarro, volvimos adentro y ahí estaba la cuenta, ya todos
habían pagado lo suyo y solo faltaba lo nuestro, yo me ofrecí a pagar lo de
ambos indirectamente, pero afortunadamente ella no me dejo. Entre risas salimos
del bar, ya estaban limpiando las mesas. Cuando salimos todos, nos despedimos justo en
el lugar donde habíamos salido a fumar hace solo unos minutos, las chicas se
despidieron de los chicos, pero yo me quedé ahí a un lado de ellas, y de
inmediato me ofrecí a acompañarlas a su hotel. Noté que Cristine de inmediato
se puso feliz. En el camino nos quedamos atrás ella y yo, mientras charlábamos ella
sugirió irnos a mi hotel a seguir platicando, pero yo sabía que era imposible
llevarla caminando por más de una hora en la obscuridad, por lo que le dije que
si Paul me veía con alguien más era capaz de echarme junto con mis amigos, así
que sigilosamente le sugerí que mejor nos quedáramos un rato afuera de su hotel,
ella y yo. Cuando llegamos a su hotel me despedí de las
otras chicas quienes ya iban algo tomadas y listas para irse a dormir. Nos quedamos
en la puerta del hotel y de inmediato salió el guardia a preguntar quién era
yo, Cristine le dijo que era un primo de ella que hacía mucho tiempo que no
veía y que me iba a quedar unos minutos platicando con ella. El guardia dijo
que por nada de este mundo podía pasar al hotel, que nos iba a estar vigilando
y que si intentaba pasar iba a llamar a la policía, al principio me dio un poco
de coraje, pero al final esa actitud fue el golpe de suerte que yo necesitaba.
A ella le molesto tanto la
actitud del velador que de inmediato comenzó a planear la forma de meterme a su
hotel, y no solo eso, también me dijo que si todo salía bien pasaríamos la
noche juntos pues esa noche le tocaba dormir sola en el cuarto con la cama
matrimonial. Ella en voz baja y entre
platicas comenzó a darme las instrucciones: tenía que salir por atrás, brincar
una lomita de piedras y andar por un camino en un terreno baldío hasta tocar la
arena de la playa; una vez ahí, tendría que correr rápidamente por la piscina
hasta encontrarme con las escaleras, -por
nada del mundo vayas a usar el elevador, porque te va a escuchar- me dijo. -te subes por las escaleras y caminas hacia
la izquierda, pasas dos cuartos, y en la puerta del cuarto 2-A te tienes que
acostar debajo de la banquita, incluso te puedes tapar con mi toalla rosita
para que no te vean, tú haces eso y yo me encargó del resto-.
Confieso que me puse un poco
nervioso, no me imaginaba que podría pasarme si me atrapaban, tampoco estaba
seguro si sería capaz de seguir todas las instrucciones, pero sobre todo tenía
miedo de no ser lo suficientemente cuidadoso, pues para un alma como la mía eso
me resultaba bastante difícil.
Hasta que en un momento nos
despedimos, nos dimos un gran abrazo y hablando fuerte para que nos alcanzara a
escuchar el guardia me dijo –sale primo
me dio mucho gusto verte, saludos a los tíos-, luego del abrazo que nos
dimos y de cruzar una mirada de complicidad, ella me susurró al oído, -hazlo rápido porque no sé cuánto tiempo lo
vaya a poder entretener-. Caminé unos metros, doble de inmediato y en cuanto sentí que la obscuridad me cobijaba
comencé mi andar hacia la playa, divise la lomita de rocas que tenía que
atravesar y corrí hacia ella, luego de dar un salto para bajar, comencé a
caminar tratando de no hacer mucho ruido, una vez que llegue a la piscina fue
momento de ser ligero como una liebre, rápidamente encontré las escaleras y
subí pero una vez que estaba arriba escuche la voz del guardia, lo cual me hizo
frenarme, en eso escuche que Cristine le preguntaba al guardia sobre el
transporte para llegar al aeropuerto al siguiente día, lo cual sentí que me
daba unos segundos más, corrí, pero por un instante lo hice hacia la derecha,
vi los cuartos y los números eran 2-E y 2-F, de inmediato supuse que había tomado
la dirección incorrecta por lo que volví hacia el otro lado, revise rápidamente
las cuartos hasta que vi el 2-A, vi la toalla rosa y solo por seguir sus
indicaciones me cobije en ella, pues sabía que una vez atrás de la banquita era
imposible que nadie me viera. Luego de
un par de minutos, con el ritmo cardíaco volviendo a la normalidad, alcance a
ver el elegante caminado en las hermosas piernas de Cristine, quien lentamente
y sin aparentar haber tomado ni una cerveza subía erguida y calmada. Una vez
que llego a la banquita dijo en voz alta que se le había caído la toalla y se
agacho – abro la puerta y justo antes de
que la cierre corres para adentro-
Tengo que admitir que la misión me había dejado exhausto y había hecho
que se me bajaran las cervezas que me había tomado, pero una vez que estaba
adentro sentí una felicidad enorme. Nuestras caras tenían unas sonrisas que
venían de lo más hondo de nuestros seres. Ella de inmediato me puso la mano
sobre mi boca y sugirió que no hiciéramos ruido, pero el alivio de adrenalina
fue tanto que en un momento tuvimos que entrar a festejar al baño, pues el
ataque de risa tenía que pasar desapercibido. Cristine me invito a pasar a su cuarto,
pero me explicó que al siguiente día tenía que salir muy temprano y por la
playa para que no me vieran los del hotel.
No me importó eso de tener que madrugar pues yo estaba feliz de poder
pasar la noche con ella, de inmediato me
puse cómodo, saqué lo que llevaba en las bolsas del pantalón y le dije que si
me podía quitar los zapatos, todo lo que llevaba en las bolsas del pantalón lo
estaba poniendo sobre el buro cuando se me acerco Cristine, me abrazo y me dio un beso, yo la acaricie
tiernamente con mis manos, y sin querer
le pegué al buro, escuche que algo se cayó, pero realmente en esos momentos no
le di ninguna importancia.
Al siguiente día luego de haber
dormido solo un par de horas, Cristine me levantó con un beso en la mejilla y
me dijo, -Por ahora te tienes que ir
guapo, pero ten por seguro que luego nos vamos a volver a encontrar- yo le
dije que, si me podía dar un baño, pero ella sugirió que era mejor que me
fuera, pues si nos descubrían eran capaces de cobrarme la noche, así que le di
un beso de esos que hacen que el tiempo se detenga y que los dioses vuelvan a
creer en el amor, luego me puse mis zapatos, tome mis pertenencias y salí de la
habitación. Cristine me detuvo la puerta, mientras ambos analizábamos que no
hubiera moros en la costa. Al ver el panorama que estaba limpio salí caminando tranquilamente
como si fuera un huésped más rumbo a la piscina, avance hasta la playa y crucé
las piedras. Yo llevaba una sonrisa en mi cara, y la de Cristine grabada en mi
mente, revisé mi dinero y vi que me había sobrado algo. Yo andaba tan de buenas
que detuve una de las moto-taxis que comenzaban su día laboral para preguntarle
cuanto me cobraba hasta el otro lado de la isla, y resulto que justo alcanzaba
a pagarlo y hasta me sobraba para comprarme un café así que, con el ánimo
recargado decidí que era un buen día para darme esos lujos.
Durante el trayecto estuve
pensando en todo lo que me había pasado con Cristine, estaba feliz con la forma
tan especial en que había tenido que suceder todo para burlar la seguridad de
su hotel, lo lindo que fue dormir con ella, su olor, su sonrisa. Sentía como si
estuviera soñando, cuando de pronto recordé que algo se había caído cuando ella
se me acerco a darme el beso, de inmediato pensé que no lo había recogido y por
un momento rece por que no fueran las llaves, que era lo único importante que
tenía. Revise mis bolsillos y estaba todo, menos las llaves. Me golpee la
cabeza a tal grado que el taxista me dijo que si estaba bien. Lo mire con una
angustia en mi cara, estaba metido en un problema grande. Cristine junto con
las chicas estarían por tomar su taxi rumbo al aeropuerto, yo no tenía más
dinero y aparte estaba a casi una hora de distancia del hotel. Si las llaves se
quedaban en el hotel yo no podía ir a reclamarlas pues el de seguridad
sospecharía de mí, y por su rostro y su actitud, estoy seguro que era capaz de
llamar a la policía para cobrarme lo de una noche. Los últimos cinco minutos antes de llegar al
hotel fueron un martirio para mi atormentada cabeza, pero lo que decidí hacer
fue lo siguiente:
Le dije al taxista que me llevara
hasta mi hotel pero que me esperara ahí, que lo iba a volver a requerir para
volver por unas llaves que había olvidado. Llegue gritando para que Joana o
Rodrigo me abrieran, pero no parecían escuchar, el taxista desesperado y un
poco asustado, me dijo que en la esquina podría encontrar más taxis que él se
tenía que ir, sabía que mi actitud y mi cara pálida no le daban confianza, pero
yo tenía que hacer movimientos rápidos y certeros por lo que seguí gritando “Rodrigo”, “Joana”, por ningún motivo
quería que Paul me abriera pues iba a notar que algo andaba mal y de inmediato
sabría que era algo relacionado con las llaves. Luego de unos minutos sin
respuesta alcance a ver que Rodrigo venía saliendo con una cara de que se
acababa de levantar y con toda la calma del mundo. Yo le gritaba y le hacía
señas con la mano para indicarle que estaba ante una emergencia, pero él ni
cuenta se dio hasta que llego a la puerta, me abrió y antes de que yo le
explicará me dijo: -voy por unos cafés,
no quieres que te traiga uno-, yo le tome del brazo y le dije -Rodrigo necesito que me prestes dinero-
era el último billete que ellos tenían y los dejaba sin la posibilidad de
comprarse sus cafés, pero así tenía que ser. Le dije que me diera el billete
que si no perdía las llaves y que íbamos a tener un problemón con Paul. Él se enfadó,
yo le arrebate el billete, y le dije al taxista, -mira espérame te voy a pagar de más, pero espérame un minutito-
entré corriendo al cuarto, busque el papelito donde había anotado los mails de
las chicas y el teléfono de su hotel y baje corriendo a la administración
deseando con todo mi corazón que Paul no estuviera. Por suerte él no estaba, así
que tome el teléfono y marque, luego de un par de tonos, contestaron, de
inmediato reconocí las voz del guardia del hotel, le dije que si me podía
comunicar al cuarto 2-A pero me dijo que las chicas habían dejado el cuarto, se
me bajo el azúcar y me puse todavía más pálido, pero en eso siguió hablando –las chicas están en el lobby esperando el
taxi-, le dije que si por favor me comunicaba con Cristine que era su primo
y que era urgente que le pudiera pasar
este último mensaje antes de que se fuera. A los pocos segundos contestó Cristine,
quien me preguntó que cómo estaba con su dulce voz y con el suave tono de su risa, pero yo no tenía tiempo para
cumplidos, así que de inmediato le dije: -Cristine
un favor del tamaño del mundo, se me cayeron las llaves anoche en tu cuarto y
si las pierdo estoy frito, necesito que vayas por ellas, están detrás del armario,
recógelas y necesito que me las dejes escondidas en algún punto sobre las rocas
de la playa para yo pasar por ellas- Cristine se rio a carcajadas,
desgraciadamente en esos momentos yo no estaba para compartir su felicidad,
pero ella me calmo son su suave voz –Mira
no hay necesidad de que esconda las llaves, le diré al de seguridad que yo te
las había guardado en mi bolso y que se me olvido regresártelas, tu llega
tranquilo y seguro te las devolverán-. Ella tenía razón, no había necesidad
de hacer más grande el problema. Nos despedimos y le dije que le agradecía todo
de corazón, pero no sé realmente si lo decía por lo que había pasado la noche
anterior, o por salvarme y tranquilizarme con el tema de las llaves.
Tomé el taxi de regreso hasta el
hotel con la esperanza de alcanzar a despedirme de Cristine, pero no tuve tanta
suerte. Cuando llegue al hotel, le pague al taxista con el billete y le dije
que se quedará con el cambio, entré con el de seguridad quien me dijo que lo
esperara afuera, y sin decirme más me entrego las llaves, yo sentí un alivio
tan grande que, sin importarme su nada agraciado rostro, le di las gracias con
una sonrisa y hasta una palmada en la espalda, le vine dando. Ya con las llaves en el bolsillo regresé
caminando por la playa, para ese entonces ya eran más de las diez de la mañana
y el sol comenzaba a pegar con fuerza, yo en mi cabeza hacía el recuento de los
daños, me había quedado sin dinero, había dejado a los chicos sin dinero Joana
estaría furiosa conmigo, pero si algo me reconfortaba era el hecho de saber que
tenía la maldita llave y el recuerdo de la sonrisa de Cristine.
Cuando regresé tuve que darles
explicación a los chicos de cómo habían pasado las cosas, ellos estaban
sumamente enojados. Esa misma tarde tuve que salir a la playa a conseguir
dinero para cenar algo, al final vendí mi reloj y una pluma que me habían
regalado en mi graduación, y que se terminaron convirtiendo en un arroz, frutas
y unas verduras con los que sobrevivimos un par de días. Rodrigo no me volvió a
dirigir la palabra en los días restantes que estuvimos en la Isla, Joana
siempre estuvo enojada y reclamándome la situación. Pero para mí, cada que me
imaginaba el olor y la sonrisa de Cristine sabía que, aunque casi cometo un
error, al final no solo recuperé la llave, sino que también encontré una llave
mucho más mágica y valiosa, la llave de cristal para abrir el corazón de esa
hermosa mujer que luego de un par de coincidencias más, se convertiría en el
amor de mi vida.
17 de Marzo 2020.
Puerto Morelos.
David Herrera el González.
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