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M
8 de marzo 2021. Salimos de Iztacalco con la intención de llegar al Zócalo de la ciudad de México. Íbamos todas, la Jeny, la Fer, Mary, Dulce, Paz, Marcela, Camila y yo. Desde que nos subimos al colectivo comenzamos a encontrarnos con más amigas, y con más mujeres que, como nosotras, querían llegar a esa marcha. Llevábamos algunas provisiones, pañoletas verdes, latas de pintura, un ramo de flores, inciensos, botellas de agua, unas tortas, tequila, un par de carteles, chamarras por si hacía frío en la tarde, unos cacahuates y una bolsa de plástico rellena de pulque que Marce había conseguido y que nos duro hasta que llegamos a tomar el metro.
Una vez en el metro, lo que nos
tocó vivir fue algo demasiado hermoso. Había
montón de mujeres en la estación listas
para embarcarse rumbo al centro de la ciudad, muchas de ellas estaban haciendo
arte antes, durante y después de su trayecto, con lo que me di cuenta que como
yo, había muchísimas mujeres haciendo
arte todos los días, muchas de ellas eran muy buenas en lo que hacían. Las del
ula ula y las malabaristas que en los andenes del metro tiraron un espectáculo
que se llevó los aplausos de ambos lados del andén. Las hippies que estaban
haciendo rituales con su incienso mientras la güerita hermosa, tocaba en su
guitarra una canción de los Beatles, “All you need Is love”.
Pero si algo me dejo con la boca
abierta fue el espectáculo que nos tocó ver dentro del vagón del metro. De entrada los andenes de mujeres eran más de
la mitad del tren, y ahí se sentía esa alegría de ser mujer, esa felicidad de sabernos
unidas, de sentirnos protegidas por nosotras mismas; los vagones ya venían algo
grafiteados para ese entonces. En cuando nos subimos Paz saco su lata, y después de un par de
miradas para ver q no viniera ningún policia, aventó una placa que decía: “mujer es
power” en el piso del tren. En eso, cuatro
chicas vestidas de negro se presentaron, venían viajando desde Amecameca, y sin más preámbulo
comenzaron a rapear, todas nos callamos
para escuchar, fue como una batalla de freestyle, pero en realidad cada una tiraba su propio monólogo, dos de ellas con mensajes sobre feminismo, las otras dos
rapeando historias de un par de mujeres violadas. La última participación fue la que sentí como si fuera mía, fue
la historia de una tal Mariana, mi tocaya, el relato fue breve, conciso y sobre
todo crudo, tan hostil que a todas nos llenó el interior de una
injusticia tal que cuando acabo , todas adentro del andén nos levantamos y
comenzamos una especie de slam. Fue como una carga de odio combinada con felicidad,
paz con rudeza, venganza con perdón. Brincamos, golpeamos las bancas y de
pronto llegamos a la estación Pino Suarez, salimos todas corriendo, con una euforia
colectiva que solo de pensarla me pone la piel chinita y me enorgullece de ser
mujer.
Al llegar, el zócalo era un festín de feminismo, los mensajes sobre
los muros que habían puesto para proteger el Palacio nacional y la catedral,
flores por todos lados, mujeres de todos tipos,
de todos orígenes, de todos colores, voces y micrófonos, música, arte,
olas de mujeres pintadas de verde y de morado, 8M, reclamos comunes, y la rubia hippie tocando
otra balada de los Beatles. Y así comenzó a caer la noche, yo llevaba
horas con la piel de gallina, varias veces salieron lágrimas de mis ojos, no
estaba ni cerca de mi periodo, pero varias veces sentí cólicos, incluso después
de varios tequilas pude imaginar lo que se ha de sentir tener un bebé creciendo ahí
adentro.
Cada que brindaba con mis amigas
nos veíamos las caras, nos sentíamos felices, realizadas, orgullosas, fuertes,
y cuando pensaba que no podía estar mejor de pronto Paz, la que menos pensaba
que pudiera hacerme cambiar mi humor, se le subió el alcohol, y se le subió el ego.
En medio de un “Salud” con otras chicas de Iztacalco que nos habíamos encontrado y que
traían más pulque, de pronto Paz dijo: -Ah no puede ser ahí está esa pendeja-,
era la nueva novia de su ex. De inmediato me acerque y le dije que no se mal
viajará, que no era el momento, estábamos peleando por una causa hermosa como
para que estuviera pensando en el idiota ese. Luego de un par de minutos y otro
trago más que le di al pulque, note que Paz, mi pequeña Paz, la que no le hace
daño a nadie, aventó su lata de pintura contra el suelo y dijo: -esta pendeja
está rayando sobre mi placa-, ya no la pudimos detener, se dejo ir a los golpes con todo y de una, sin
pensarlo, se armó una mini campal, en medio zócalo del DF, una mini campal que
no fue tan pequeña dadas las proporciones de la gran ciudad, en un punto
intervino la policía, y eso se puso peor.
El regreso en el metro perdió todo el color y el arte que la ida había tenido. Yo venía con un golpe en la cabeza, raspada las rodillas, y con los ojos llorosos del gas lacrimógeno. La Paz venía completamente ebria y golpeada de la cara, en un punto que se quedó dormida a medio camino, Dulce en medio de la pelea, perdió su mochila con su celular y su monedero, Marcela, la Jeny y la Fer venían enojadas con Paz; Mary y Camila todavía tenían ganas de descargar su furia para defender a Paz. Una vez que llegamos a Iztacalco, ya casi a la madrugada, cuando salimos del metro todavía podíamos reconocer algunas caras con las que en un momento estuvimos brindando y otras con las que estuvimos dándonos a muerte.
Esa noche cuando llegue ya sola a mi casa, avente mis cosas, me quite la chamarra y justo antes de dormir
pensé en la dualidad del todo; lo bueno y lo malo, el Ying y el Yang.
SR. David Herrera.
Mayo 2021
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