lunes, 15 de enero de 2018

El viejo de los caminos.



El viejo de los caminos.

Cada camino lleva a un destino diferente.

Todo sucedió aquella noche en que volvíamos de Guatemala. Cuando comenzaba a ocultarse el sol, estábamos cruzando la frontera,  veníamos algo cansados después de haber ocupado por última vez esos peculiares buses de escuela pintados al estilo “Guatemala”, ese genuino medio de transporte que funciona, pero que lo hace en una línea muy paralela al caos.  Luego de un par de trasbordos llegamos a La Mesilla, frontera con México, cruzamos migración sin ninguna novedad y tomamos un taxi a Ciudad Cuauhtémoc en Chiapas. La idea era, una vez llegando, tomar un autobús hasta San Cristóbal de las Casas para luego viajar a Tuxtla Gutiérrez, pero por cuestión de precios y horarios terminamos tomando una combi mucho más barata que iba hasta Comitán, un pueblo intermedio, desde donde podríamos seguir intentando conectar otro transporte con el objetivo de llegar a dormir a Tuxtla. Como yo ya conocía con anterioridad Comitán, le dije a Johana que era una buena opción seguir avanzando y que estaba seguro que ahí encontraríamos más opciones para viajar; también en una forma de quedar bien con ella, le hablé un poco sobre el misticismo que yo sentí la vez que caminé sobre la plaza del pueblo, en medio de una manifestación encabezada por gente indígena.
Una vez convencidos de que era lo mejor, caminamos hasta la terminal de las combis (o colectivos) donde nos indicaron cual era la que debíamos tomar. Nos acercamos a preguntar. El ayudante del chofer nos dijo que eran setenta y cinco pesos de cada uno y que salíamos en cinco minutos pues con nosotros dos se completaban los asientos.  Recuerdo que al subir tomamos los asientos de atrás, y de inmediato se acercó el chofer, un tipo alto y moreno, quien saludó  y prendió el motor, unos veinte minutos antes de las ocho estábamos saliendo.  Yo venía algo cansado por lo que de inmediato comencé a buscar la forma de acomodarme para dormir una siesta, batallé para encontrar alguna posición cómoda, bajaba el asiento, lo subía, me acomodaba de un lado, del otro,  me recostaba, me quitaba el abrigo, lo usaba de almohada,  en eso estaba cuando de pronto Johana me señaló que mirara por la ventana,  giré de inmediato y al voltear me encontré con una enorme llamarada en medio del campo, no estaba tan cerca del camino pero a lo lejos se veía el contraste de la noche con el fuego, creando un panorama que, de primera impresión, me pareció hermoso pero conforme fuimos avanzando, noté que el fuego seguía y seguía,  estaba consumiendo un sembradío enorme. Avanzamos un buen tramo y el fuego parecía  no tener fin. Luego de unos instantes comencé a sacar conclusiones sobre  lo que estaba viendo, pensé que podría ser que simplemente estén preparando el terreno para cultivarlo de nueva cuenta, o tal vez sea un incendio ocasionado accidentalmente, o incluso un ritual indígena; pero la cantidad de fuego era tal, que no terminaba de convencerme con ninguna explicación. Cuando comenzaba a dejar de atormentarme buscando una solución y volvía a sentir que los ojos me pesaban como para quedarme dormido, de pronto el fuego terminó poco antes de entrar a un pequeño pueblo, uno de eso típicos pueblos que hay sobre el camino, con restaurantes sobre la ruta, lleno de camiones y tráileres estacionados. En ese lugar el chofer tuvo que reducir la velocidad, pues había que pasar una serie de topes, por los brincos que dimos con cada tope yo no terminé de conectarme con el mundo de los sueños. En uno de ellos de pronto el chofer frenó por completo y escuché que alguien de afuera le comenzó a decir algo. Al principio yo  no le di ninguna importancia, hasta que vi que el chofer comenzaba a exaltarse, en ese momento me asomé para ver con quién estaba hablando, podía ser un policía, un indígena, un vendedor, cualquier cosa, pero lo único que pude ver fue a una persona bajita, con sombrero de paja. Por su simple silueta me hizo pensar que era un viejito; yo no entendía cómo un anciano le estaba causando tanto enojo al chofer. Cuando intenté prestar atención a lo que hablaban me di cuenta que lo hacían en totzil (un dialecto propio de la zona),  por lo que no entendí nada, pero la pelea verbal era tal que daba la idea de que ambos estuvieran borrachos, hasta que después de varios gritos el chofer comenzó a golpear el volante, mientras el viejito continuaba gritando. Cuando todos comenzábamos a incomodarnos, de pronto el chofer subió su ventanilla y arrancó a toda velocidad, brincó los últimos topes haciéndonos saltar a todos los pasajeros.
Arriba del colectivo todos comenzamos a gritar, pero al chofer parecía no importarle nada, iba a todo lo que daba el velocímetro. Su ayudante, algo asustado, intentó calmarlo:
 – José que le pasa! Bájeleeee! José, por favor bájele, José, José…!
Adentro de la combi todos íbamos asustados, unos gritaban, la señora rezaba, Johana comenzó a llorar, y yo volteaba para todos lados, sin saber qué hacer, las maletas comenzaron a caerse sobre nosotros; por más que gritáramos que se detuviera, el chofer parecía estar poseído, pues no escuchaba y su pie estaba dispuesto a matarnos a todos por la forma en que pisaba la palanca; tomamos unas pendientes e incluso alguna que otra curva no muy pronunciada, pero a la velocidad que íbamos corríamos el riesgo de salirnos del camino. Yo estaba comenzando a contemplar que eran mis últimos instantes de vida, sentía mi ritmo cardíaco demasiado acelerado. En eso estaba cuando súbitamente el conductor se frenó a medio camino, apagó las luces del vehículo y dijo:
-¡Bájense todos ahora, la combi está dañada! Y reiteró en un tono endemoniado: - ¡Bájense!
 José, el conductor, salió, rodeó la combi y abrió la puerta para que saliéramos, algunos pasajeros bajaron de inmediato pero, otros nos resistíamos a quedarnos allí en medio de la nada sin ninguna explicación. Yo me percaté del cambio que había tenido en su semblante el chofer, de ser un tipo común y corriente que hacía algunos minutos nos había atendido con una sonrisa al subirse al vehículo, ahora era un demonio y no solamente eso, sino que además era un demonio enojado. Yo alcancé a ver cuándo abrió el cofre para buscar algún tipo de herramienta, su cara seguía teniendo ese semblante de locura.
Yo estaba asustado. Johana sentenció que lo mejor era bajarnos. Yo le tomé la palabra.
Levantamos nuestras maletas y comenzamos a caminar; todavía algunas personas no se querían bajar, hasta que el chofer tomó lo último del equipaje para aventarlo lo más lejos posible, y luego terminó de correrlos a empujones, el último en irse fue su ayudante. Todos nos separamos un poco de la combi pero seguíamos esperando que alguien nos explicara algo, hasta que vimos como el chofer abrió el depósito de la gasolina  y sin pensarlo, arrojo un cerillo encendido,  en unos instantes la combi comenzó a prenderse, en medio del caos y sin saber que hacer, grité a todo pulmón al mismo tiempo que comencé a correr:
- Va a explotar!  Va a explotar!
Sin pensarlo dos veces salimos corriendo sin dirección alguna, solamente con el objetivo claro de dejar atrás la combi. Yo al arrancar tomé de la mano a Johana -por instinto más que para quedar bien- y salimos a toda velocidad, en algún punto cruzamos la carretera aprovechando que no pasaban autos, seguimos avanzando hasta el punto en que sentimos que ya estábamos lejos del peligro. Allí nos frenamos, Johana y yo volvimos a cruzar miradas después de mucho tiempo, fue sólo un instante, pues de inmediato nos intrigó ver qué había pasado con la combi y más que nada, con el chofer. Para cuando volteamos notamos que la combi estaba completamente en fuego y que a un lado se distinguía todavía la silueta del chofer. Cuando estaba por volver a cruzar miradas con ella, se escuchó un estallido monumental, nos agachamos y el olor a quemado se hizo sentir de inmediato. Desde donde estábamos parecíamos estar a salvo pero no podíamos -ni queríamos- quedarnos allí, por lo que comenzamos a caminar hasta el pueblo, sabíamos que no era muy lejos, aunque como ya era noche podría resultar peligroso. En un punto yo giré mi cabeza rápidamente para observar el estado de la combi, lo que vi fue una llamarada inmensa, muy semejante a lo que había visto hacía sólo unos minutos en medio de la maleza. Luego de unos minutos llegamos al pueblo, poco a poco nos fuimos encontrando con el resto de los pasajeros, era fácil identificarnos pues la cara de miedo y de incredulidad reinaba en todos nosotros. Como era de esperarse, el último en llegar fue el ayudante del chofer, el pobre llegó con un semblante completamente pálido, apenas podía articular palabras, le temblaba la voz. Después de unos instantes logró calmarse, hasta que por fin pudo decir unas palabras:
- Fue un pacto con el Chamuco. Venía por todos nosotros pero José nos salvó.
Todos con cara de incertidumbre. No entendíamos cómo alguien que de pronto tuvo una actitud  tan endemoniada, había sido nuestro salvador. El chico agregó:
- José no nos quiso entregar al demonio, al final el Chamuco sólo pudo llevárselo a él.
En ese momento comenzamos a entender lo que decía el muchacho. Todavía con los nervios y la adrenalina de punta, uno de los pasajeros sugirió ir a denunciar a la policía, a  lo que el chico respondió:
- Aquí los dioses y los demonios son la policía, no hay más. Miren, yo aquí traigo el dinero que pagaron, se los devuelvo y se van en la próxima combi que pase. No se les vaya a ocurrir intentar ir a la policía, porque ellos se dan cuenta de todo, y de preferencia nunca vuelvan a pasar por este camino, pues hoy más que nunca, me queda claro que son territorios malditos. Aquí gobierna el lado obscuro, y cuando algo anda mal ya vimos lo que pasa.
Johana y yo al escuchar eso comenzamos a caminar, fuimos a comprar un bote de agua, pues teníamos la boca seca, y sin querer nos separamos del resto de los pasajeros. Para cuando  fuimos a la terminal de los colectivos ya no vimos a ninguno, suponemos que por lo asustados se fueron de inmediato. Nosotros tomamos una combi de nueva cuenta a Comitán. El trayecto fue raro, yo ya no podía dormir, sólo volteaba por la ventana y veía las enormes llamaradas que había en el camino,  mientras rezaba que no volviera a aparecerse el viejito del camino. Después de una hora y media que transcurrió en completa calma, llegamos a Comitán.
De la terminal caminamos hasta la plaza principal, pues el hostal donde yo me había quedado un par de años antes estaba a tan sólo unas calles de la catedral. Pedimos un cuarto por una noche,  yo me metí a bañar mientras que Johana aprovechó para hablar a su casa. Cuando salí a colgar mi toalla en la azotea divisé a lo lejos una densa capa de humo que casi imperceptiblemente se combinaba con unas nubes rosas cargadas de agua. De primera instancia me pareció que era simplemente el humo producido por el calor de la leña que salía de las humildes casas ubicadas en el bosque, pero cuando le hice ver a Johana ella insistió en que era el humo del fuego que habíamos visto a lo largo del camino. En ese momento decidimos olvidarnos un poco de eso e ir a comer algo antes de regresar a descansar al hotel.
A tan sólo unas cuadras encontramos unos tacos y luego yo me atrasé un poco, pues quería fumar un cigarro para terminar de tranquilizarme. Me fui a una banca a las orillas de la plaza y lo encendí, no llevaba ni medio cigarro en que se me acercó un hombre, de esos que vagan por las noches sin un rumbo, a pedirme uno, se lo di y eso bastó para que se sentara junto a mí a platicar. Me preguntó de dónde era y luego comenzó a hablarme sobre los indígenas, me dijo que eran muy salvajes y que por eso él no se metía con ellos. En un momento se detuvo y me miró fijo a los ojos, me preguntó si mi plan era quedarme en Comitán, yo le respondí que sólo pasaría la noche y que en la mañana salía rumbo a Tuxtla. Aún con su mirada puesta en mí y con una voz aliviadora me susurró:
- Aquí veneran al demonio, por eso son tan salvajes. Yo le recomiendo que en cuanto termine su cigarro se largué de aquí.
Agradecí su consejo, pero yo ya estaba cansado de sentir que la vida se me quería ir, por lo que me despedí de él con un apretón de manos y volví al hostal. Le conté a Johana la conversación con el señor, ella me dijo que quería terminar esa pesadilla por lo que, al siguiente día, al llegar a Tuxtla se tomaría un avión directo a la Ciudad de México para de ahí,  volver a su país.
Esa noche dormí como una piedra. Al siguiente día, a las ocho de la mañana tomamos un colectivo hasta Tuxtla, me despedí de Johana, ella tomó un taxi rumbo al aeropuerto y yo me fui a una cabina telefónica para comunicarme con una amiga que vivía allí.  Johana no ha vuelto a pisar México desde entonces, y yo, aunque sigo viajando regularmente, nunca más he vuelto a pasar por ese camino, no vaya a ser que mi presencia vaya a incomodar a los demonios.

Diciembre 2017.




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